viernes, 20 de enero de 2017

Japón 2014. Kioto: lugares Patrimonio de la Humanidad.


Nos habían quedado tantas cosas por ver en Kioto durante nuestra estancia anterior que, aunque alojados ahora en Osaka, no dudamos en volver una vez más a aquella interesante ciudad para dar otro buen paseo por sus rincones. El tren, una vez más, es nuestro mejor aliado en Japón.

Visitamos en primer lugar el castillo Nijo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994. Fue construido en 1603 para Tokugawa Ieyasu, primer shogun del periodo Edo (1603-1867), sirviendo de residencia a la familia Tokugawa desde entonces y hasta 1867.


El recinto, protegido por ciclópeos muros de sillares y rodeado por un ancho foso de agua, alberga un conjunto de pabellones y jardines frondosos.


La monumental puerta Karamon, al este, da entrada al recinto; es una preciosa construcción que combina la madera con el metal, pan de oro y policromía, con un resultado realmente imponente.




El pabellón principal del conjunto es el palacio Ninomaru. Aquí encontramos grandes salones de madera, ahora vacíos, con suelos cubiertos de tatami y puertas correderas del típico estilo japonés tan decorativo. Es una pena que no esté permitido tomar fotos del interior, porque algunas de las habitaciones todavía conservan preciosas pinturas murales originales.


A nuestro paso, mientras vamos recorriendo pasillos y salas con los pies descalzos, como está mandado, un rumor acompaña cada una de nuestras pisadas. Es una particularidad de este castillo: los suelos de ruiseñor; lo cual nos recuerda que el shogun, por grande que fuera su poder, no podía sentirse a salvo de sus enemigos ni en su propio castillo. Consciente de las amenazas, Tokugawa mandó instalar este sistema bajo los suelos de madera, de forma que al pisarlos rechinan suavemente; los asesinos ninjas tendrían que inventar nuevas estrategias para no ser detectados por los habitantes del castillo antes de llevar a cabo su misión...


Subimos a lo alto de la muralla interior para contemplar las vistas del conjunto y los alrededores. ¡Qué poco se parecen estos castillos japoneses a los que estamos acostumbrados a ver en España o en el resto de Europa!. Eso es lo mejor de los viajes: ver algo genuino y propio del lugar.



Terminamos la visita con un agradable paseo por los magníficos jardines, que albergan unas 400 especies de árboles y arbustos. Son, naturalmente, de estilo japonés, y forman un conjunto lleno de armonía e impecablemente cuidado; un regalo para los sentidos.


En el autobús público nos acercamos a nuestro siguiente objetivo: el templo Kinkaku-ji, otra joya de Kioto y también Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994.


Es un lugar popular y hay bastante gente, especialmente deseosa de hacerse fotos junto al estanque Kyoko-chi, con el vistoso Pabellón Dorado al fondo; también nosotros, claro, ya que la vista es de lo más "típicamente japonesa" que uno se pueda imaginar. Quizás no sea ésta una visita  tan "cultural" como otras, ya que ni se puede ver el interior del pabellón ni parece haber mucho más que hacer salvo contemplar las vistas; es más bien una experiencia para los sentidos, algo parecido a meterse en el interior de un cuadro y mirar alrededor....


Las dos plantas superiores de este magnífico templo zen están recubiertas de pan de oro, y un fénix también dorado remata la cúspide del tejado. Como las ventanas están cerradas en este momento, solamente podemos imaginar el aspecto que deben tener las imágenes sagradas que alberga este precioso pabellón, donde también se veneran reliquias de Buda.


Después se pueden recorrer los jardines, mucho más modestos que los anteriores pero con algún bonito rincón. Y como novedad, aquí hemos podido apreciar de cerca esa curiosa forma de sustentar las ramas de los árboles con artísticos armazones de bambú, para que la nieve acumulada en el invierno no las quiebre y conserven sus artísticas formas.


Y, como en tantos otros lugares del mundo mundial, la costumbre de lanzar monedas en algún rincón especial, intentando acertar sobre una piedra...


Cerca de la salida hay una casa de té, y más allá una tienda con el correspondiente surtido de recuerdos, dulces, etc. Otra cosa que nos ha llamado la atención ha sido esta pila de cubos de madera, el antiguo "sistema anti-incendios"; una medida tan imprescindible en arquitecturas de madera.


El templo Kiyomizudera, en las colinas del este de Kioto, será nuestra tercera visita del día. Se llega hasta allí por una calle en cuesta flanqueada por docenas de comercios con variadas mercancías, principalmente recuerdos y productos típicos, todo con una cuidada y artística presentación.



Se ven algunas mujeres, especialmente jovencitas, vestidas con kimono; parece ser la moda de los fines de semana, más bien en las zonas de los templos. Como generalmente son muy simpáticas y se prestan alegremente a hacerse fotos con quien lo solicita, nos llevamos este recuerdo con ellas.


Se entra al recinto del templo Kiyomizudera, o del Agua Pura, subiendo unas altas escaleras y pasando bajo la monumental puerta roja Niōmon. De nuevo nos encontramos en un lugar que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1994.


Aunque el templo original fue construido en el año 778, los incendios se han cebado varias veces en los pabellones de madera; los edificios actuales son construcciones de 1631-1633. En este momento hay varios pabellones cubiertos por andamios y en proceso de mantenimiento, así que dejaremos para mejor ocasión una visita a fondo del lugar.


Porque en realidad este templo es un gran complejo que incluye varias puertas, templos, santuarios, estatuas, pagodas, altares... algo que no se aprecia en una sencilla y rápida visita como la de hoy. El pabellón más visitado es este salón Hondo, enorme construcción de madera que emerge sobre las copas de los árboles del bosque; desde su terraza hay una vista general sobre la aglomeración urbana del moderno Kioto, tan en contraste con esta arquitectura tradicional.


La gran terraza del salón Hondo fue en su momento escenario privilegiado donde representar bailes y actos religiosos; hoy es el lugar preferido para hacerse fotos; los tiempos cambian...


Por debajo tenemos trece metros de sustentación a base de pilares de madera, unidos sin un solo clavo. Antiguamente se decía que si uno se tiraba desde este balcón y sobrevivía obtendría el cumplimiento de un deseo, ¡y al parecer hay constancia de muchos que salieron airosos de tal prueba!, aunque nada se sabe de si en realidad consiguieron lo deseado... En todo caso, y para evitar tentaciones, sabed que actualmente está absolutamente prohibido hacer tal cosa.


Entre la frondosidad del bosque emergen los tejados más altos de otra estilizada pagoda: Koyasu-no-to. Una hermosa construcción de madera de ciprés consagrada a la diosa Senjuū Kannon, protectora de los niños y el parto.


Bajando unas escaleras llegamos a las fuentes alimentadas por el agua de las cascadas cristalinas Otowa-no-taki, que bajan del monte y dan su nombre a este Templo del Agua Pura.


Tres chorros de agua caen desde lo alto a un pequeño estanque, y se pueden alcanzar con la ayuda de un cazo de mango largo; según el que elijas de los tres, el beneficio será diferente: salud, longevidad o éxito en los estudios. No seáis avariciosos y limitaros a beber de uno u otro, no pretendáis obtener todo de una vez, que además está mal visto...


Un último paseo para subir hasta este santuario Jishu, construido en 1633 y consagrado a la deidad protectora del amor y el matrimonio. Desde aquí emprendemos ya la bajada hacia la salida del templo; nos han quedado muchas cosas por ver pero se acerca la hora de cierre.


Al salir nos hemos desviado por las pintorescas calles del distrito Higashiyama, llenas de tiendas de recuerdos y productos típicos, cafeterías, restaurantes; la mayoría de los comercios ya están cerrados a esta hora, pero quizás por eso mismo es más fácil sentirse inmerso en otra época pasada.


Una pagoda de aspecto antiguo, que pertenece al Yasaka Shrine, es la última imagen de Kioto que nos llevamos en nuestra visita de hoy; todavía volveremos a pasear por esta ciudad antes de abandonar Japón.


Bajando hasta el río, atravesamos Gion y emprendemos ya la vuelta en tren a Osaka.

viernes, 17 de junio de 2016

Japón 2014. Isla Miyajima (2)


Como os adelantaba en la entrada anterior, hoy volvemos a visitar la isla Miyajima, ya que nos ha parecido un derroche perdernos lo que aún nos falta por ver.

Lo primero que hacemos al llegar es dirigir nuestros pasos hacia el templo Daisho-in, uno de los más interesantes y completos que hemos visto (hasta ahora) en Japón.

Curiosamente parece ser poco visitado, ya que la inmensa mayoría de turistas tiene el templo de Itsukushima como objetivo principal y no se molesta en subir un poco más para descubrir este otro, que a nuestro parecer tiene bastante más cosas que ver. Pero en fin, cada cual tiene sus objetivos y así nuestra visita ha sido mucho más tranquila, disfrutando de la maravillosa serenidad del lugar y su precioso entorno prácticamente solos, ¡un auténtico lujo en Japón!.


El templo Daisho-in es de credo budista zen; pertenece a la escuela Shingon, una rama del budismo también practicada en India y el Tíbet. "Las enseñanzas del shingon están basadas en el Maja-vairóchana-sutra y el Vashra-sékhara-sutra. El budismo tántrico se centra en los rituales y los procesos meditativos que conducen a la iluminación. Según el shingon, la iluminación no es una realidad distante y lejana que puede tardar eones en alcanzarse, sino nuestro derecho de nacimiento, una posibilidad real a lo largo de esta vida. Con la ayuda de un auténtico maestro y a través de un entrenamiento correcto del cuerpo, el habla y la mente, podemos reclamar y liberar esta capacidad iluminada para nuestro bien y para el bien de los demás." (Wikipedia).


Dejando atrás las últimas casas del pueblo, por un camino escalonado en las boscosas faldas del monte Misen, lo primero que encontramos a la entrada es un gran pórtico de madera, con los guardianes Kongōrikishi o Niō, acompañantes y protectores de Buda, siempre presentes en los templos budistas.


A continuación toca subir una larga escalera, en cuya barandilla se alinean una serie de cilindros dorados, llamados Dai-hannyakyo Sutra. No son un simple adorno; contienen "sutras", escrituras sagradas, y la tradición aconseja hacerlos girar al paso para atraer la fortuna. Bien, pues por nosotros no ha de quedar, que un poco de suerte nunca está de más...


Un desvío lateral atraviesa el sombreado jardín donde se alinean cientos de figurillas de piedra. Cada una está tocada con un gorrito de lana tejida, algunos tienen bufandas o baberos, pequeñas ofrendas y monedas. Se tiene la sensación de haber entrado en un bosque de cuento...


Se trata de estatuas Jizo, y representan al bodhisattva Jizo Bosatsu, muy querido en Japón, en su aspecto de protector de los niños y la maternidad. Son ofrendados por padres agradecidos al bodhisattva por haber conseguido que su hijo se haya curado de una grave enfermedad, pero también por los que lloran la muerte de los hijos que nunca llegaron a nacer o murieron en edades muy tempranas.


El recinto del templo es alargado, ocupando un espacio aterrazado por encima del arroyo que baja de la montaña. Como el valle en esta zona es estrecho y abrupto, los pabellones se distribuyen en diferentes alturas unidas por escaleras; todos son de madera, con grandes tejados de tejas grises y enormes aleros, y en su interior se repiten los altares, figuras y objetos de culto propios del budismo.




No es mi intención hacer una descripción detallada (y tediosa) de las muchas imágenes, esculturas, cacharritos, ofrendas y demás que encierra este templo, pero hay algunas curiosidades que nos han llamado especialmente la atención.


Esta figura de larga nariz, con alas en la espalda y un abanico de plumas en la mano, es el Tengu. En el folcklore japonés se trata de un ser que posee poderes sobrenaturales. Es un personaje bastante polifacético y con una historia complicada, temido como demonio en la antigüedad y convertido posteriormente en un espíritu protector de las montañas y bosques.


Daruma es una de las figuras más llamativas que se ven por aquí. ¿Quién será este personaje representado solamente por una roja cabeza de ojos saltones? Más tarde nos enteramos de que representa a Bodhidharma, el fundador y primer patriarca del Zen. La leyenda cuenta que pasó tantos años meditando en una cueva, sin utilizar brazos ni piernas, que perdió ambos por falta de uso. A pesar de ello, Bodhidharma fue capaz de permanecer en posición vertical, y eso le convirtió en símbolo de la fuerza interior. Popularmente se trata de una figura que trae buena suerte y riqueza.

" El muñeco tiene una cara con bigote y barba pero sus ojos son blancos del todo. Los ojos del daruma se utilizan como recordatorio y motivación para cumplir metas o grandes tareas. El dueño del muñeco pinta una pupila redonda (usualmente del ojo derecho) al establecer su meta; cuando esta se ha cumplido se procede a pintar el otro ojo. Un daruma con una sola pupila suele colocarse donde éste sea visible, a manera de constante recordatorio del trabajo que debe hacerse para lograr el objetivo." (Wikipedia)


Otro personaje dispuesto a escuchar peticiones y repartir favores a cambio de un pequeño óbolo. No acabo de encontrar su nombre, pero su función resulta bastante evidente, ¿verdad?.


En Kannon-do, uno de los dos pabellones principales del templo, se puede ver este enorme y vistoso mandala realizado por sacerdotes budistas de Nepal con arenas de colores, un arte en el cual son especialistas.


Curiosa también es la función de esta estela de piedra. Nunca adivinaríais de qué se trata, pero éste Monumento Hōchōzuka está dedicado al "padre de la cocina japonesa" : Chunagon Yamakage; fundador de la escuela Shijō de chefs, que enseña el arte de hacer sushi y es conocida por sus elaborados rituales con los cuchillos. Cada 8 de Marzo, delante de este monumento, tiene lugar una ceremonia para dar gracias a los viejos cuchillos de cocina desechados...


Finalmente, para no hacer interminable esta entrada, en la cueva Henjokutsu se puede ver esta espectacular capilla subterránea con el techo cubierto de linternas encendidas. En ella se guardan la arena y los principales iconos budistas de los ochenta y ocho templos de la ruta de peregrinación de Shikoku. De forma similar a las "indulgencias" de la religión católica, orar en esta capilla otorga a los fieles las mismas bendiciones que hubieran obtenido haciendo la peregrinación a todos los templos de la ruta.


Ya de vuelta, nos acercamos hasta la pagoda Tahoto, semioculta por la frondosidad del bosque, curiosa por su combinación única de formas: cuadrada en el nivel inferior y redonda en el nivel superior. Es de estilo japonés, pero mezcla también formas de la arquitectura china.

Comemos luego unas ricas tapas en la terraza de un restaurante cercano a la orilla del mar. Los ciervos continúan su tranquilo deambular por todo el lugar, tumbándose para descansar a la sombra, aunque otros prefieren refrescarse con un baño.


Después de echar otro vistazo a la pagoda de cinco pisos y al templo más antiguo del lugar, todavía es temprano. Decidimos acercarnos en tren hasta Iwakuni, y desde la estación un autobús nos lleva a la zona en donde se encuentra la mayor atracción del lugar: el puente Kintai (Kintaikyo), que aún queda bastante lejos.


Es una magnífica obra de ingeniería en madera, con cinco grandes arcos que cruzan el río Nishiki. Hay una taquilla, porque se paga entrada para cruzarlo, pero como es tarde ya no hay nadie y pasamos libremente; nos sorprende encontrar, entre los varios botones de idiomas para escuchar una explicación grabada, uno en español, que aprovechamos para enterarnos de su historia.

También nos acercamos hasta la otra orilla, boscosa, donde se alza el monte Yokoyama; hay un castillo en lo alto y parece un lugar muy agradable para pasear; pero queda poco tiempo de luz y nos conformamos con dar una vuelta por el parque Kikko, buscando sin resultado el lugar donde puedan estar las serpientes blancas.

Nos toca esperar un buen rato a que pase el siguiente autobús para volver a la estación de tren; después de preguntar a unos amables japoneses que también esperan el autobús, pero en la dirección contraria. La vuelta a Hiroshima, en el tren, sin novedad.

Y con esto me despido de vosotros por esta temporada. Llega el verano y es momento de explorar otros lugares, hacer fotos, descansar... Todavía me quedan por contaros muchas cosas de otros lugares tan interesantes como los que he venido subiendo hasta ahora: el magnífico conjunto de Nara, los castillos de Himeji y Matsumoto, el viejo Takayama y sus destilerías de sake, el santuario de Ise, el gran Buda de Kamakura, el espectacular santuario Toshogu de Nikko, y mucho más de Kioto y Tokio. Todo llegará, espero; de momento os deseo unas estupendas vacaciones llenas de buenas experiencias. Hasta la próxima.

miércoles, 15 de junio de 2016

Japón 2014. Isla Miyajima (1)


La Isla Miyajima se encuentra a 50 km de Hiroshima, y es fácil llegar a ella mediante una combinación de tren y ferry. Aunque su nombre oficial sea isla Itsukushima, se la conoce popularmente como Miyajima (isla del santuario), y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Aparte de todo estas consideraciones, debo deciros que es uno de los lugares que más nos ha gustado de este viaje; y como un sólo día se nos hizo corto para todo lo que tenía que ver, volvimos también al siguiente para seguir disfrutando de sus templos y paisajes.


El tren nos deja cerca del puerto de embarque, y el ferry sólo ha tardado 10 minutos en alcanzar la otra orilla.


Nada más desembarcar ya nos esperan los primeros ciervos, que se pasean libremente por las calles, se tumban a rumiar junto a los árboles o a la orilla del canal de agua. Este parecía estar seleccionando el menú en la puerta del restaurante... :-)


Comprobamos que muchos japoneses parecen tenerles miedo, influidos quizás por los carteles de advertencia, y salen corriendo espantados cuando algún ciervo se les acerca con aire inquisitivo, ¡el mundo al revés!.


A los ciervos les encanta el papel, así que hay que mantener guías y mapas bien lejos de su alcance si no quieres quedarte sin ellos; y no digamos la comida... Gracias a ello se ven escenas divertidas cuando algún ciervo se acerca por detrás de alguien sentado y desprevenido, sobre todo cuando mete el hocico en el bolso o la merienda del incauto. También les hemos visto comerse con deleite las hojas de una guía de viaje después de hurgar en las alforjas de un bicicleta descuidada, así que no os dejéis embaucar por esa cara de no haber roto un plato y ¡mucho ojo con vuestras pertenencias!.


El centro de la isla se eleva en una cadena de montañas cubiertas de bosque, siendo el monte Misen la mayor altura con sus 530 metros. El pueblo es pequeño, con abundantes restaurantes y tiendas de recuerdos; entre las compras más populares están las galletas o pastas, rellenas con crema de diferentes sabores.


Por la mañana se puede ver su fabricación a través de los grandes ventanales acristalados de las tahonas; la "cadena de montaje" avanza mientras el aire se llena de apetitosos aromas de pastelería.


A lo largo de la orilla del mar hay un paseo, flanqueado por linternas de piedra, que lleva en diez minutos hasta uno de los templos más visitados: el Santuario de Itsukushima.


Es sintoísta, y tiene la particularidad de estar construido sobre el agua por estar dedicado a la deidad del mar. Consta de varios edificios, entre los que destacan el salón principal Honden, el oratorio Haiden y el salón de las ofrendas Heiden; también hay dos pasillos que unen los edificios secundarios con la parte central del santuario. Todo está construido sobre pilotes, porque la marea alta inunda el lugar.



Al recinto del santuario, aunque separado de él, pertenece también el enorme y vistoso Otorii, una de las imágenes más fotografiadas de Japón; ha sido reconstruido varias veces, y el actual data de 1875.
Es una impresionante estructura de 16 metros de altura, construida con madera de alcanforero por ser ésta muy resistente a la descomposición y a los insectos. Al simbolizar la frontera entre el mundo de los espíritus y el mundo humano está pintado de color bermellón que, de acuerdo con las creencias japonesas, mantiene alejados a los malos espíritus.


Este Otorii tiene una curiosa particularidad: aunque sus pilares parecen estar empotrados en el terreno, en realidad se sostiene sobre la arena por su propio peso; varias toneladas de piedras situadas bajo los pilares contribuyen a su estabilidad.


Con la marea baja se puede llegar andando hasta su base; cuando la marea sube el Otorii queda aislado en medio del agua, destacando su color naranja contra el azul del mar y el verde del bosque de forma muy vistosa.

Otros templos y pagodas salpican el lugar, y un teleférico sube hasta lo alto del monte Misen. Allá nos dirigimos, a través del frondoso Parque Momijidani, aunque primero hay que remontar andando la cuesta boscosa hasta alcanzar la estación; el calor y la humedad nos hacen sudar bastante, ¡no quiero ni pensar cómo será hacer esto en verano!.


Cuando el teleférico nos eleva sobre el bosque las vistas se hacen amplias. A medio camino hay un cambio de cabina en la estación de Kayadani, para hacer el tramo final hasta la estación de Shishiiwa. En poco tiempo llegamos arriba; hay un mirador y buenas vistas sobre la bahía.


Para alcanzar la cima del monte hay que descender un buen trecho y volver a subir por un sendero escalonado y muy fatigoso; allí mismo nos cruzamos con una anciana pequeña y encorvada, que baja sostenida por los que seguramente sean sus nietos.


En una pequeña explanada, al pie del afloramiento rocoso de la cima, se encuentra un conjunto de templos relacionados con Kobo Daishi, monje budista fundador de la secta Shingon.


El más importante es el Kiezu-no Reikado o Salón de la Llama Espiritual; en su interior arde la llama que, según la creencia, fue la que ilumino a Kobo Daishi; ha estado ardiendo durante 1.160 años desde entonces. La Llama de la Paz, en el Parque de la Paz de Hiroshima, proviene de este mismo fuego.


Una nube de humo sale del interior del pabellón; nos asomamos a la entrada, para ver un gran caldero colgado sobre el fuego, y una imagen al fondo, bien negra y cubierta de hollín. El fuego parece algo mortecino, pero un monje se ha encargado de avivar las brasas, consiguiendo una buena llama que crepita ahora en la oscuridad.


En la explanada hay otros pabellones: Dainichi-do está dedicado a dos dioses: el del sol y el del fuego.


Sanki-do, situado algo más arriba y ahora cerrado, está dedicado a tres dioses guardianes.



Toca bajar, y hemos elegido hacerlo andando para ver el bosque; el camino tiene unos 500 metros de desnivel, y en su mayor parte desciende escalonado. Hacia el final cruzamos un barranco donde han construido un enorme parapeto de piedras; aquí llueve y nieva, y con esta inclinación las avalanchas deben de ser temibles.


Hacia abajo, desde el camino, tenemos una vista panorámica del pueblo y la bahía.



Al alcanzar la entrada del valle avistamos el templo más bonito e interesante de la isla: el Daisho-in, de la secta Shingon, perteneciente al budismo zen. Pasamos largo rato explorando sus muchos rincones y pabellones, pero cierran a las 5 pm y todavía nos quedan muchas cosas por ver cuando toca salir. Así que mañana pasaremos aquí otro buen rato; le dedicaré la siguiente entrada.


Las últimas horas de la tarde las pasamos deambulando por el paseo marítimo, intentando tomar la mejor foto del Otorii mientras el sol va hacia el ocaso. No es tan fácil, ya que hay también cantidad de gente con la misma idea y de vez en cuando una figura inoportuna aparece en el visor en el momento preciso... Pero la tarde es larga y da tiempo a todo.


Lo más gracioso de la tarde ha sido el ciervo que quería participar en la merienda, con botella de champán incluida (francés, sure), de una pareja de franceses que ocupaban un banco y andaban distraídos con las vistas. La mujer, sin decidirse a tocar al ciervo para apartarlo de allí, clamaba a su marido: "la bouteille, oh, la bouteille!".

En el ferry de vuelta coincidimos con dos jóvenes madrileñas, con las que pasamos de charla el trayecto de vuelta hasta la estación de Hiroshima. Mañana volveremos a Miyajima para ver lo que nos ha faltado...