viernes, 23 de marzo de 2012

U.S.A. 1992: Yellowstone N. P.


De todos los paisajes naturales con que cuentan los Estados Unidos posiblemente sea Yellowstone, en el estado de Wyoming, el más emblemático y uno de los más populares. Quizás por haber sido el primero en ser protegido como Parque Nacional, ya que desde 1.872 disfruta de ese estatus. O por influencia de los dibujos animados del oso Yogui que guardamos en nuestra memoria infantil... Tal vez simplemente por ser uno de los lugares naturales más espectaculares y fáciles para la visita turística.




Sea por lo que fuere, el Parque Nacional de Yellowstone figuraba en nuestro plan de viaje como uno de los principales objetivos y no nos defraudó. Es cierto que Yogui y sus congéneres no aparecieron, ni allí ni en ningún otro lugar de ese viaje; tendríamos que esperar hasta visitar Alaska, unos años más tarde, para conseguir ver tantos y tan de cerca como para compensar con creces su ausencia anterior. Pero había muchas otras maravillas a las que atender: géisers, fuentes calientes, pozos de barro, un cañón de colores, cascadas, lagos, bisontes, alces... demasiadas cosas para tan pocos días.




Pero, ¿qué clase de lugar es Yellowstone?. En realidad se trata de una alta meseta rodeada de montañas, donde surgió un volcán cuya caldera colapsó y posteriormente se cubrió de hielo, quedando al cabo del tiempo como un enorme "museo" de las diversas formaciones creadas por la actividad hidrotermal. Habíamos leído que allí se podían ver juntas tantas de estas formaciones como hay en el resto del mundo, y hay que decir que nos fuimos convencidos de que debía de ser verdad...

Entramos en el Parque por el acceso Norte atravesando Gardiner, pueblo turístico con inequívoco aspecto "del Oeste". Poco más allá, el área de Mammoth Hot Springs también parecía un pequeño pueblo con hotel, comercios, clínica... y un Centro de Visitantes donde vimos la interesante exposición acerca de la historia, los primeros exploradores y los animales que habitan la zona; una manada de wapitíes pastaba alrededor del edificio.




Justo al lado encontramos ya la primera de las muchas maravillas del Parque: las preciosas Mammoth Hot Springs. El agua caliente que se derrama de terraza en terraza contiene grandes cantidades de carbonato de calcio que se va depositando en forma de travertino, formando con el paso del tiempo esa gran escalera de colores, desde el blanco de nieve hasta pardo y gris con suaves toques de amarillo y verde, que podemos ver hoy.

Bajo el sol abrasador del mediodía llegamos a la Norris Geyser Basin, una de las varias zonas de actividad que se suceden a lo largo de las rutas de visita. La gran cubeta blanca se extendía en medio del bosque de pinos, y en su interior se abrían "piscinas" de tonos azulados, chorros de agua y nubes de vapor como en una gigantesca cocina al aire libre. Una larga pasarela la atravesaba para poder ver de cerca las aguas humeantes, los pozos de barro, las fumarolas, y algún que otro géiser en acción.




Más allá se extendía otra gran zona de actividad hidrotermal dividida en tres cubetas: Lower, Midway y Upper Geyser Basin, con fuentes hirvientes de colores irreales; alguna tan grande, como la Grand Prismatic Spring, que sólo se puede apreciar totalmente desde el aire. En Fountain Paint Pot burbujeaban unas bonitas "gachas" de barro blanco y rosa. Morning Glory Pool parecía pintada por todos los colores del arco iris, con un corazón azul intenso que se hundía en las profundidades de la tierra. Great Fountain Geyser, a última hora de la tarde, reflejaba el cielo como un enorme espejo aterrazado.




Conseguimos ver de cerca algunos de los grandes bisontes (Bison bison) que se mueven a sus anchas por el bosque y las praderas. Son animales de un tamaño respetable: un macho puede pesar hasta 1.250 kgs. y embestir sin previo aviso si se ve molestado, así que me acerqué muy lentamente hasta poder tomar esta foto y no me entretuve en hacer más, no fuera a pasar lo que con el alce de Fishing Bridge...




Había sucedido la tarde anterior. Al ver unos coches parados en la cuneta nos acercamos a mirar qué pasaba: un alce (Alces alces) de buen tamaño pastaba tranquilamente en la linde del bosque, no lejos de la carretera. Yo tenía para estos casos un teleobjetivo corto, de 105 mm., y me fuí acercando poco a poco y en silencio para no molestarle hasta tenerlo a distancia adecuada para llenar el encuadre con su imagen y, a pesar de la escasa luz, poder llevarme al menos un par de fotos de recuerdo.




Para entonces había ido llegando más gente al lugar, y cuando me disponía a dar la vuelta se me adelantó un hombre con una pequeña cámara compacta, dispuesto también a conseguir su foto; el problema era que se movía con muy poca discreción, y que necesitaba acercarse bastante más que yo para conseguir algo con aquella sencilla cámara.

Parapetado el fotógrafo detrás de un árbol y ya preparado para tomar la foto, el alce levantó de pronto su mirada del suelo y pareció sorprendido de verse en tanta compañía. Sin duda molesto por la intromisión, arremetió contra el que tenía más cerca y tuvimos la oportunidad de ver una escena de cine cómico en vivo: el hombre dando botes alrededor del árbol con el alce detrás, un par de vueltas en unos segundos, hasta que éste se cansó del juego y se volvió a adentrar en el bosque; y el hombre, con cara de susto, de nuevo a su coche. ¡No hay nada como escarmentar en cabeza ajena...!




Llegamos a tiempo de ver también el famoso géiser Old Faithful en actividad: una alta columna de agua elevándose hacia el cielo durante más tiempo del que pensaba. Y aunque para alcanzar aquélla zona tuvimos que recorrer un camino que se hizo largo bajo un sol abrasador, la verdad es que mereció la pena porque también había muchas otras fuentes alrededor.

* Si deseas acceder a una vista de Yellowstone a través de la webcam del Servicio de Parques Nacionales de U.S.A. pincha en este enlace (puede tardar unos segundos en aparecer la imagen).

No eran las zonas hidrotermales el único atractivo del Parque. El río Yellowstone ha excavado un cañón abrupto a través de las lavas amarillas y rojas que forman el terreno, creando un sorprendente tapiz de colores y texturas. Un camino ancho y seguro conducía a los miradores construídos para admirar las dos cascadas impresionantes en que se desplomaba todo aquel caudal de agua. Y también estaba el lago del mismo nombre; incluso en sus orillas surgían fuentes que pintaban el terreno con extraños colores ocres y verdes.




Hubiéramos permanecido allí mucho más tiempo, pero los días pasaban volando y había que volver de nuevo a la carretera...

Llevábamos poco más de un més de viaje, habíamos visto en directo algunos de los paisajes que pueblan nuestros sueños y nos quedaban otros muchos por delante. Pero si en algún momento me ofrecieran la oportunidad de volver a un sólo lugar de Estados Unidos, creo que elegiría Yellowstone sin dudarlo.

jueves, 1 de marzo de 2012

U.S.A. 1992: Olympic N. P.


El Parque Nacional Olympic, en el Noroeste de Washington, fue uno de los más interesantes que visitamos. Dentro de sus límites se han protegido tres ecosistemas bien diferentes: montaña, costa y bosque húmedo lluvioso; esa variedad, junto con su localización en una apartada península de los confines del país, es uno de sus grandes atractivos.




La zona de montaña tiene su cota más alta en el monte Olympus (2.428 m.); en las cumbres de la parte Oeste nieva mucho durante el invierno y se pueden ver glaciares, mientras que hacia el Este el terreno se va haciendo más seco.

* Puedes ver en este enlace una imagen actualizada de la zona de Hurricane Ridge, a través de la webcam del Servicio de Parques Nacionales de U.S.A.

Acampamos el primer día en Heart O´ the Hills, y nos acercamos hasta Hurricane Ridge; desde allí se podía ver el macizo montañoso central como decorado de fondo, y al otro lado el estrecho de Juan de Fuca. Cuando el tiempo está despejado es posible ver también la costa canadiense, pero en aquel momento las nubes tapaban el horizonte.

Subimos la Hurricane Hill, por un sendero bordeado de flores; el terreno, más bien pelado, descendía empinadísimo hasta el fondo del valle. Por el camino vimos urogallos de color pardo (Sooty grouse: Dendragapus fuliginosus), escondidos entre las hierbas; uno de ellos "bañándose" en la arena con entusiasmo. Los omnipresentes chipmunk, similares a las ardillas listadas pero más pequeños, aparecían y desaparecían a cada momento con movimientos nerviosos.




Al día siguiente hicimos el recorrido hasta Soleduc. Primera parada en el lago Crescent, al que antiguamente los indios no se acercaban por creerlo habitado por espíritus; los americanos, más prácticos, lo convirtieron después en lugar de recreo y vacaciones.

Un sendero nos llevó hasta Merymere Falls, una cascada alta y fina en la espesura del bosque húmedo de aquella zona. Las fuentes calientes de Sol Duc, conocidas por los indios, pasaron al dominio público cuando uno de ellos hizo partícipe del lugar y sus propiedades medicinales a un blanco; poco después se construía allí un balneario al que los americanos empezaron a acudir en tropel: las fotos antiguas muestran largas filas de coches llenos de gente deseosa de "tomar las aguas". Aunque el balneario acabó siendo destruido por un incendio, en su lugar se construyeron unas piscinas que, al parecer, son igualmente populares en la actualidad.

El segundo ecosistema de Olympic: la costa, nos llamó la atención más que la montaña. España es un país montañoso y glaciares se pueden ver en los Alpes, pero una costa tan salvaje y solitaria como aquella no la habíamos visto hasta ese momento.

Neah Bay era el centro de una pequeña reserva de los indios Makah. Allí rompían las olas del Pacífico en una espectacular extensión de arena gris salpicada de rocas e islotes agrestes, algunos de ellos coronados por frondosos bosques en miniatura. En Shi Shi Beach la marea baja había dejado cantidad de pequeños estanques entre las rocas, y en su interior se agrupaban colonias de diminutos percebes y mejillones, estrellas de mar de color naranja y hermosas anémonas de un verde casi fosforescente. Incomprensiblemente, alguien se había entretenido en dejar un pésimo "recuerdo" pintando en las rocas...




En Ozette hicimos el Loop Trail de 14 km. que recorre tanto bosque como costa y permite hacerse una idea muy completa del ecosistema costero.

La primera parte: Ozette - cabo Alava, transcurria a través de un espeso bosque húmedo con zonas pantanosas, que sólo se abría ligeramente cuando una senda pisada por los animales cruzaba el camino. Lo más sorprendente era la pasarela continua de madera de cedro de Alaska construida a través del bosque, extendiéndose a lo largo de todo el recorrido; la madera tenía un olor especial y agradable, intensificado por la humedad del ambiente. Por el camino se atravesaba la pradera de Ahlstrom, un lugar cubierto de altas hierbas enmarañadas y grupos de árboles, donde vivió durante años el ciudadano sueco que le dio nombre.

El bosque llegaba hasta la misma costa, abriéndose en una extensión de arena gris y guijarros cubierta en gran parte de troncos secos, arrastrados por el río Hoh e incluso por el río Columbia y depositados en las playas por el viento y las olas.

Habíamos leído que había un par de pasos peligrosos en este tramo cuando subía la marea, y la teníamos ya encima; pero varios caminos laterales, empinados y todavía secos, permitían salvar la dificultad.




El tramo de 4.8 km. por la costa era bastante fatigoso por la arena de gravilla, así que terminamos caminando sobre los troncos para hacerlo más cómodamente. Había miles de ellos, blanqueados y pulidos por los elementos; algunos tenían formas retorcidas que evocaban extraños seres fantasmales, otros presentaban curiosas texturas, y en varios se apreciaba claramente su primitiva función de mástiles o tablazón de barcos ya hundidos.




En una zona de rocas: Wedding Rocks, se podían ver algunos petroglifos con figuras de peces y caras; se creían hechos por los indios de un asentamiento que estaba siendo excavado en aquellos días, cerca del cabo Alava.




Cerca de Sand Point se terminaba el tramo costero y empezaba otro sendero de tablas para regresar al punto de partida a través del bosque; en esta zona había gente acampada por los rincones y en la playa, lo curioso era no haber visto a nadie en todo el recorrido anterior.

La luz empezaba a escasear cuando emprendimos este último sendero, y llegamos al camping ya de noche. En este paseo no llegamos a ver animales; nada de pumas, a pesar del cartel de aviso en el tablero de la entrada... De vez en cuando oíamos la "risa" característica de las ardillas de Douglas, y se podían ver huellas de ciervos o wapitíes marcadas en alguna zona de barro; también cierta cantidad de excrementos de algún depredador de cangrejos y huevos, quizás mapaches. Aquél fue uno de los recorridos de los que guardo mejor recuerdo.

En Rialto Beach, que también visitamos, había un puente natural en una punta rocosa y abundantes estrellas y anémonas en las charcas.




Temperate Rain Forest: bosque húmedo templado, principalmente de coníferas como cedros y abetos. El nombre explica perfectamente cómo era este tercer ecosistema en cuanto a climatología, pero había que pasear por allí dentro para disfrutarlo: largas cortinas de musgos colgando de las ramas, helechos llenando cada rincón, árboles caídos sirviendo de base y de alimento a otros nuevos que  iban creciendo encima de ellos, pequeñas corrientes de agua transparente como el cristal, una mágica luz verde envolviéndolo todo en un ambiente de cuento... Y una humedad eterna impregnándolo todo, aire y suelo, renovada por chaparrones intermitentes más o menos intensos.

El camping de Hoh Rain Forest nos recibió con una lluvia muy adecuada a su nombre; tardamos un rato en decidirnos a salir del coche y plantar la tienda. Habíamos leído que era posiblemente la zona más húmeda de todo Estados Unidos continental, con unos 380 cm. de precipitación anual, sólo superada por la isla de Kauai; y debía de ser verdad.

En esa zona recorrimos los dos senderos más cortos: Mosses Hall Trail: que permitía visitar la zona más antigua del bosque, y Spruce Trail: con una variada muestra de las plantas autóctonas. Aunque la última parte la hicimos bajo la lluvia, la temperatura no era desagradable; fue aquélla la zona de Olympic N. P. que más me gustó.

Como siempre, abandonamos el Parque con pena. Pero quedaban por delante muchas millas de carretera llenas de paisajes por descubrir...

martes, 14 de febrero de 2012

U.S.A. 1992: Mount Rainier N. P.

    
En nuestra siguiente parada visitamos el Parque Nacional Monte Rainier.




Por entonces comenzaba el mes de agosto y, naturalmente, el período más fuerte de las vacaciones veraniegas; todo empezó a llenarse de visitantes tan deseosos como nosotros de disfrutar de la Naturaleza y los paisajes. El calor era apabullante, las zonas de acampada dentro de los Parques empezaron a estar muy disputadas, las carreteras se vieron ocupadas por filas de vehículos, y encontrar un hueco en los miradores para detenerse a echar un vistazo al paisaje era cuestión de suerte. En fín: como en todas partes.




Mount Rainier era una de esas montañas "de postal", con su cima coronada de nieve y glaciares, sus laderas cubiertas por el bosque de pinos y abetos, y alrededor praderas llenas de flores y lagos de aguas transparentes.

* ¿Cómo se ve en este momento el Monte Rainier? Puedes pinchar en Webcam M. Rainier para obtener una vista actualizada a través de la Webcam del Servicio de Parques Nacionales de U. S. A.




Caminando por el Nisqually Vista Trail, un recorrido corto por los alrededores del Centro de Visitantes, atravesamos praderas y árboles de los que colgaban largas guedejas de líquenes. Un torrente de aguas embarradas brotaba de la lengua del glaciar y serpenteaba entre la hierba y las flores. Allí vimos algunos ciervos de cola negra; y un curioso zorro de color pardo grisáceo y cola frondosa, que se alejó sin prisas después de fallar el salto sobre su presa.




El Skyline Trail era más interesante. Subía desde el Paradise Inn y tenía estupendas vistas a lo largo de su recorrido: el Monte Adams cubierto de nieve, y el Monte St. Helens con su penacho de humo. Pudimos avistar varios ciervos, una perdiz y marmotas. La zona más alta es reino de pedregales pelados, pero hacia abajo todo era verde y creo que nunca había visto tal cantidad de flores alpinas.

También las cascadas merecían la pena, especialmente Myrtle Falls Narada Falls.




Curiosa era también la arquitectura. El Centro de Visitantes de Sunrise recordaba a las cabañas de troncos construidas por los pioneros; en su interior vimos una estupenda y didáctica exposición acerca del Parque. El Paradise Inn era un gran hotel, también de madera, con un enorme salón de estilo rústico; allí se hacían proyecciones de diapositivas dirigidas por los ranger, una agradable actividad para el final de la jornada.




La última tarde, un mar de niebla se fue extendiendo poco a poco por el valle y todo parecía haber cambiado de aspecto; la luna se levantó sobre el mar de nubes, mientras las últimas luces ponían tintes rosados en los picos de Tatoosh Range.

jueves, 9 de febrero de 2012

U.S.A. 1992: Mount St. Helens N. V. M.


Entramos en el estado de Washington atravesando el río Columbia por un gran puente metálico: el Puente de los Dioses. En otros tiempos un gran deslizamiento de tierra cerró el valle en ese punto, creando una presa natural que los indios usaban para cruzar de una orilla a otra, hasta que llegó un momento en que la presa se rompió y se formaron los rápidos por los cuales se precipita hoy el río Columbia.

Sin embargo la leyenda india, como todas las leyendas, tiene mayor encanto.

Cuenta que hasta aquéllas tierras llegó el jefe de los dioses: Tyhee Saghallye, con sus dos hijos, y al ver un lugar tan hermoso decidieron establecerse en él. Enseguida los hijos empezaron a disputar por quién se quedaría con qué tierra y, para resolver el litigio, su padre empuñó el arco y disparó dos flechas, una hacia el norte y otra hacia el sur, enviando a cada uno a establecerse donde hubiera caído la flecha correspondiente; y como el río separaba ambos territorios, el padre construyó Tanmahawis (el Puente de los Dioses) para que pudieran reunirse de vez en cuando.

Todo marchó bien hasta que ambos se enamoraron de la misma mujer; y cuando ella no pudo decidir a cuál elegir se hicieron la guerra, quemando pueblos y bosques hasta que todo quedó devastado y la tierra tembló con tal violencia que se rompió el puente y las aguas se derramaron formando los rápidos.

Saghallye, enojado, derribó a sus hijos y convirtió a cada uno de ellos en una montaña allí donde cayeron: el Monte Hood y el Monte Adams. Y la mujer quedó transformada en el Louwala-Clough (Montaña de Fuego): actualmente el Monte St. Helens, al que ahora nos dirigíamos.




Habíamos atravesado bosques y más bosques, cuando al fín llegamos a un punto desde el cual tuvimos la primera visión completa del Volcán St. Helens. Aún de lejos resultaba impresionante.

No solamente por su mole de laderas peladas, con manchas de nieve y un penacho humeante difuminándose en el azul del cielo. Que tan sólo doce años atrás ese paisaje lunar hubiera sido una montaña de postal cubierta de bosques y lagos, resultaba difícil de imaginar.




Pero así fué: en la primavera de 1980, después de entrar en actividad con varios terremotos y erupciones menores, toda la parte superior de la montaña explotó y se deslizó ladera abajo como una avalancha ardiente que arrasó todo a su paso. Para entonces, además de los geólogos encargados de las mediciones, muchos curiosos se habían instalado por los alrededores para observar los cambios que se iban sucediendo en el volcán; algunos se salvaron y otros perecieron alcanzados por la nube de gas y rocas ardientes. Un fotógrafo afortunado pudo obtener una serie de instantáneas desde un lugar más alejado, antes de que la lluvia de piedra pómez le hiciera salir corriendo.

* Puedes pinchar en el Vídeo para ver una breve secuencia de la explosión, montada a partir de aquéllas fotos. Para ver algo más elaborado y completo, con comentarios de los geólogos e imágenes de vídeo real, pinchar en St. Helens eruption. En Webcam se puede obtener una imagen del volcán en tiempo real.




Acampamos en Cougar, en medio del bosque y a la orilla de las cristalinas aguas del embalse de Yale. Y esa misma tarde recorrimos el camino del Lava Canyon. Al principio era ancho y asfaltado, con una suave pendiente; a continuación un tramo más estrecho y empinado, desde el cual se veían cascadas y grandes formaciones de basalto cristalizado en medio del río. La tercera parte, calificada como "difícil", era una senda mínima y resbaladiza de pequeñas piedras, con algunos pasos psicológicos, que serpenteaba subiendo y bajando a cierta altura sobre el cauce.




Por la carretera 26 nos acercamos hasta la zona devastada por el volcán. Los árboles estaban todos tumbados, como si un rodillo gigante hubiese pasado por encima; pálidos y secos, parecían la pelambrera de algún animal enorme extendida sobre los montes. Algunos permanecián en pie, coronando las cimas de colinas que recordaban cabezas de pelos erizados. El efecto era impresionante.

Sin embargo, entre los troncos arrancados ya comenzaba a crecer la vegetación y había flores que animaban tímidamente el paisaje: la vida volvía a nacer bajo la mirada ceñuda del volcán y su nube de humo blanquecino.

Sobre la superficie del Spirit Lake flotaba una mancha blanca formada por los incontables troncos arrastrados. A partir de allí una extensión gris se elevaba hasta el cráter, erosionada y retorcida.

En Windy Ridge se terminaba la carretera; el nombre: cresta ventosa, le venía francamente bien. Allí dejamos el coche para seguir caminando por la pista cerrada al tráfico que se acercaba al volcán; a la izquierda se hundía el terreno en una empinadísima cuesta hasta el Muddy River.




Teníamos intención de caminar solamente un rato, pero acabamos recorriendo casi entero el Loowit Trail. El suelo estaba cubierto de piedra pómez y ceniza gris; pero en uno de los arroyos que cruzamos crecían abundantes plantas con flores, y en el aire se oía el zumbido de lo que al principio tomamos por gordos abejorros; pero no: ¡eran colibríes! Nunca hubiera imaginado encontrar esas pequeñas joyas brillantes en un paisaje lunar como éste; pero allí estaban, casi invisibles excepto en los breves segundos que se detenían en el aire delante de alguna flor.




El cielo se iba coloreando de hermosos tonos anaranjados con la puesta de sol, y a lo lejos se veían las cumbres nevadas de otros tres volcanes: Mt. Adams y Mt. Rainier, más redondeados, y el picacho erguido del Mt. Hood.




Cuando alcanzamos las cascadas, que caían en una grieta oscura, ya se había puesto el sol. Hicimos el camino de vuelta con las últimas luces y al final de noche, aunque la claridad del terreno facilitaba la tarea.

Ya cerca del aparcamiento, adivinamos por delante como una mancha grande y clara: ¿un cartel?, ¡no había ninguno antes!; a medida que nos acercábamos pudimos apreciar que se movía, y al llegar a su altura el "cartel" andante nos saludó con un cansado "Hi!": un chico de Seattle que también volvía a deshora y hecho polvo, con el que recorrimos las últimas decenas de metros hasta el coche.

lunes, 6 de febrero de 2012

U.S.A. 1992: Columbia River


Volvimos a entrar en Oregón, esta vez por la costa: allí encontramos mucho viento, islotes rocosos surgiendo del mar y un oleaje agitado.

El Area Recreativa de las Dunas de Oregón estaba salpicada por bosques de coníferas, algunas como auténticas islas verdes en un mar de arena; y a pesar del viento cantidad de gente disfrutaba de las playas: no estaba el mar para baños, pero se volaban cometas, los pescadores tendían sus cañas, los dune buggies corrían de acá para allá, y las zonas de picnic se veían muy concurridas.




Portland seguía el modelo de las ciudades que llevábamos vistas aquí: un centro parecido al de las ciudades europeas, con amplias calles y avenidas, rascacielos y comercios: la verdad es que daba la impresión de haber más negocios que habitantes; alrededor de este centro, barrios de casas bajas de aspecto agradable; y por último las zonas más suburbiales, habitadas principalmente por hispanos y gente de color. No nos entretuvimos mucho aquí, lo justo para comprar un par de cosas.




A continuación, el río Columbia: el más largo del Pacífico Noroeste, que en sus 2.000 kms. de recorrido baña siete de los Estados Unidos y una provincia de Canadá. Importante vía de transporte y comercio, industrias y presas han ido "civilizando" su curso y creando problemas ambientales: uno de los puntos de mayor contaminación nuclear de U.S.A. está precisamente en este río...




Por suerte, no todo eran malas noticias: cuando en 1.913 empezaron a construir la carretera a través de las gargantas tuvieron buen cuidado de conservar el paisaje y el entorno natural, tomando como modelo otras rutas escénicas que ya había en Europa; en la actualidad estaba protegida por ser una ruta histórica: la Historic Columbia River Highway.




Entre Troutdale y The Dalles, 120 kms. de carretera turística que se desviaba de la ruta general para pasar por algunos pequeños pueblos agradables y, especialmente, por unas cuantas cascadas que caían de los barrancos laterales.

En Latourel Falls el agua se desplomaba por encima de una espectacular pared de columnas de basalto negro, a través de un bosque frondoso. Multnomah Falls, las más visitadas, caían en dos saltos y se veían muy bien gracias a un puente tendido a media altura; el albergue a los pies de la cascada se había salvado de un incendio dos años antes.




Para llegar a la base de Wahkeena Falls nos equivocamos de ruta, y acabamos trepando por las rocas entre abetos y helechos hasta alcanzar el verdadero camino. Para cuando alcanzamos el Oneonta Canyon, un auténtico jardín botánico silvestre, la luz ya empezaba a escasear.

El camping en donde recalamos aquélla noche, de la cadena Koa, parecía en principio un buen sitio... hasta que descubrimos, demasiado tarde, que la vía del tren pasaba por delante y los frecuentes trenes de mercancías silbaban varias veces de forma atronadora justo al pasar por allí. Al amanecer tomaban el relevo los cuervos con sus graznidos... en fín, un camping para no volver.