sábado, 2 de agosto de 2014

Japón 2014: Recuerdos de viaje


Japón está de moda.

Al menos esa es mi impresión personal; porque cada día encuentro aquí y allá un número creciente de fotos y artículos glosando alguno de los muchos aspectos culturales, gastronómicos, turísticos, fotogénicos y pintorescos del País del Sol Naciente.


Quizás ese número elevado de llamadas de atención estuviera allí antes, y simplemente pasa que ahora las detecto con mayor facilidad porque hemos venido de Japón hace unas pocas semanas. Es como cuando te rompes algo y de pronto el mundo parece llenarse de gente con un brazo o una pierna escayolada como un reflejo de la tuya recién adquirida; no han aumentado los accidentes, simplemente el tuyo te ha hecho tomar conciencia de lo que antes pasabas por alto.


El caso es que veo y leo mucho acerca de Japón últimamente. A veces detecto exageraciones, que atribuyo a los excesos de la publicidad y el marketing para atraer clientes hacia uno u otro operador de viajes, a viajeros extraordinariamente entusiastas, e incluso a periodistas necesitados de hacer destacar su artículo con un plus de imaginación.


Pero en general coinciden con mis recuerdos y experiencias, y puedo decir que se trata de un país merecedor de ser destino turístico por múltiples razones. Por apuntar sólo algunas, podría destacar:

- La cortesía y amabilidad de los japoneses.
- La pulcritud de sus ciudades y pueblos.
- La comodidad y asombrosa puntualidad de sus transportes.
- La seguridad ciudadana, y el civismo de sus gentes.
- El curioso contraste entre lo futurista y lo tradicional.
- El cuidado exquisito de los detalles en la vida diaria.
- El gran número de peculiaridades que diferencian a Japón y sus habitantes de cualquier otro país asiático u occidental.


Y es precisamente esto último: las diferencias entre nuestro entorno cotidiano y lo que encontramos al llegar a otro país y otra cultura, lo que hace del viaje una experiencia única y enriquecedora que deseamos repetir una y otra vez.


Y Japón no defrauda. Porque bajo el aspecto occidental de sus ciudades, sus ropas, sus transportes, sus negocios, sus diversiones, subyace un espíritu netamente oriental que tiñe, sutilmente a veces y otras con apabullante presencia, las múltiples facetas de su vida diaria.


Volveremos a Japón, si el destino nos lo permite. Pero de momento quisiera dejar aquí algunas pinceladas de lo que hemos visto y vivido hasta ahora en nuestro pasado viaje. Puede que a otros les sea útil, o simplemente entretenido; eso me gustaría. Pero aunque solo sea por recordar esos días agradables y las cosas interesantes que hemos visto ya merece la pena.


Así que, en las siguientes entradas de este blog, intentaré contaros algunas de las cosas que más nos han gustado, interesado, sorprendido... de este nuestro último y reciente viaje. No será una "guía turística" del país, ya que para eso hay otros buenos lugares donde encontrar todos esos datos prácticos de cara a preparar el viaje; solamente me gustaría transmitiros mis impresiones y, si contribuyen en algo para animaros a emprender ruta, tanto mejor.

lunes, 13 de enero de 2014

U.S.A. 1992: Mono Lake, S. Francisco... y a casa


Llegó la hora de emprender la última etapa del viaje; en pocos días estaríamos de vuelta en Madrid.

Así pues, dejamos atrás Yosemite al cruzar el Tioga Pass y descendimos hasta el terreno árido que albergaba el curioso lago Mono. Un lago de aspecto extraño y algo surrealista; con un oscuro cono volcánico emergiendo en medio del agua, y unas singulares formaciones verticales de color blanco que semejaban chimeneas calcáreas cerca de la orilla.

Al parecer se trata de un antiguo mar interior, o más bien lo que queda de él. Sus aguas poco profundas no solamente tienen una alta concentración de sales, ya que no hay ríos que vengan a alimentarlo; es que además son ricas en... ¡arsénico!. Y lo más sorprendente es que allí vive una bacteria que se alimenta de ese arsénico sin las consecuencias letales que tendría sobre cualquier otro organismo; todo un récord de supervivencia.




Patos, gaviotas, y otras aves acuáticas encuentran allí un lugar de refugio durante el invierno, alimentándose de unas pequeñas algas. Supongo que también de los millones de diminutas moscas inofensivas que pululaban por las orilla fangosas del lago, semejantes a una etérea alfombra en movimiento. He leído que los nativos que vivían en esa zona basaban su alimentación precisamente en las larvas de esas moscas...




Pero lo más llamativo y lo que realmente hace de este paisaje algo extraordinario son esas chimeneas blancas de textura rugosa; nos recordaban a las caprichosas arquitecturas que todos hemos creado alguna vez en la playa dejando resbalar un puñado de arena y agua entre los dedos. En realidad son fuentes de aguas minerales, ya fósiles; por su interior circulaba una columna de agua que iba depositando las sales de carbonato de calcio y construyendo esas fantásticas "chimeneas", alrededor de las cuales se afanan hoy las gaviotas y otras pequeñas limícolas en busca de alimento.




Por una pista lateral nos acercamos hasta la cadena de cráteres que se veía más allá. Subimos al más cercano y nos llevamos una sorpresa, ya que estaba formado por enormes y relucientes bloques de negra obsidiana. Otras rocas, a pesar de su tamaño y aspecto, resultaron ser de un material semejante a la espuma volcánica y tan ligeras que se podían levantar fácilmente




En cambio nos perdimos el Centro de Visitantes, que prometía ser de lo más interesante, ya que cuando llegamos quedaban unos minutos para el cierre. Habíamos estado tan entretenidos con el paisaje que, como tantas veces, se nos pasaron las horas sin darnos cuenta e incluso la comida se convirtió ya en merienda...

Seguimos camino, atravesando el precioso paisaje montañoso de Toyabe National Forest por una carretera que era una sucesión de curvas y cuestas con pendientes de hasta un 26%, nunca habíamos visto cosa igual. Anochecía cuando dejamos atrás el Sonora Pass y decidimos quedarnos a dormir en una de las zonas de acampada del Stanislaus National Forest; un lugar solitario y primitivo, con pit toilets como única instalación, aunque gratuíto. La noche nos la dieron unas familias de hispanos que, cuando ya dormíamos, aparecieron por allí y se plantaron justamente al lado para pasar hora tras hora de charla alrededor de la hoguera...

La temperatura debió ser bastante fresca, ya que por la mañana una capa de escarcha cubría la superficie de la tienda por dentro y por fuera. Atravesamos luego el amplio valle de Sacramento, una enorme llanura verde de frutales, viñedos y hortalizas, rodeada por terrenos mucho más áridos; una calima grisácea desdibujaba los perfiles más lejanos.

Y por fin, San Francisco; principio y final de aquél nuestro primer viaje por tierras norteamericanas. Acampamos en el P. Municipal A. Chabot; un terreno boscoso alejado de la zona urbana, con suelo cubierto de hierbas amarillas y eucaliptos, cerca de unos pequeños lagos.




Aún tuvimos tres días para pasear por la ciudad, comer langosta en Fisherman´s Wharf, curiosear los exóticos productos de las tiendas de Chinatown, comprar unos Levi´s (¡como no!), y aclimatarnos de nuevo a la civilización que casi no habíamos pisado en tres meses. También para darle un buen lavado al coche antes de devolverlo, que buena falta le hacía. Y para hacer inventario del equipaje, que había ido engordando a lo largo del viaje con libros, minerales, ropa y cachivaches diversos. Menos mal que los americanos acostumbran viajar también con abundantes trastos y las líneas aéreas permitían una cantidad de equipaje que, aunque al principio nos había parecido exagerada, resultó al final de lo más conveniente...

El 6 de octubre embarcamos en el avión de vuelta a casa. Llevábamos con nosotros recuerdos imborrables de todo lo visto y vivido en aquellos tres meses, una colección de carretes de diapositivas por revelar, un diario lleno de apuntes y, sobre todo, grandes deseos de poder volver sin tardar demasiado.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

U.S.A. 1992: Yosemite N. P.


Después de aprovisionarnos en la ciudad de Fresno, enfilamos la carretera hacia el que sería nuestro último Parque Nacional de ese viaje. En realidad es difícil elegir un favorito entre tantos paisajes grandiosos, pero el Valle de Yosemite es uno de esos escenarios que difícilmente se olvidan.

Hacía mucho calor a pesar de estar ya en octubre. El bosque seco y polvoriento mostraba claramente las señales del sexto año consecutivo de sequía que sufría California, por eso cualquier rincón bendecido con el regalo de un río era doblemente apreciado.




Por la entrada Sur llegamos al P. N. Yosemite, que abarca una buena parte de la Sierra Nevada. El área de Wawona (árbol grande) debe su nombre a la lengua de los indios Miwok, antíguos pobladores del valle. Más de doscientos ejemplares de sequoia gigante se conservan todavía en Yosemite, la mayor parte en este área.

Otros habitantes del parque, menos tranquilos, son los osos negros; debido a su voracidad y a los frecuentes incidentes que provoca su afán por conseguir comida fácil de los visitantes, en el camping era obligatorio almacenar cualquier alimento y bebida en los cajones de seguridad instalados en cada una de las plazas. Pero no vimos ningún oso allí, solamente un coyote que se paseaba sin prisas.

* Enlace a los mapas de P. N. Yosemite: nº 1  nº 2  nº 3 y nº 4




Dimos un buen paseo por Mariposa Grove, hermoso bosque sombreado por sequoias, pinos, cedros de incienso, cipreses... El calor no era el mejor aliado para subir las cuestas; pero lo peor era que todo estuviera tan seco, y las muchas zonas quemadas por los incendios, naturales o controlados. Las sequoias gigantes tienen la particularidad de que, con una corteza resistente al fuego, necesita de éste para que sus piñas puedan abrirse y sus semillas germinar.




En la parte más alta encontramos la cabaña de troncos que sirvió de alojamiento durante muchos años a Galen Clark; desahuciado por los médicos por una grave tuberculosis, llegó hasta allí con el ánimo de pasar sus últimos meses de vida o conseguir una cura natural para su enfermedad (los antibióticos aún estaban por descubrir); consiguió su curación y se convirtió en el primer guarda y guía del lugar. La cabaña albergaba un pequeño museo dedicado a las sequoias.

Más arriba encontramos Tunnel Tree, uno de los iconos más fotografiados de Yosemite en el pasado. Durante 88 años peatones y vehículos pasaron a través del túnel excavado en la base de esa enorme sequoia; pero por aquéllas fechas llevaba ya más de veinte años caída a causa del gran peso de la nieve acumulada un crudo invierno en sus ramas.




Un corto sendero nos llevó hasta el mirador de Glaciar Point, desde donde la panorámica del valle de Yosemite era espectacular; un paisaje de bosque y roca, con cúpulas de granito: la más impresionante Half Dome con su pared vertical. En esa época del año y con la sequía, las cascadas llevaban poca agua; pero es allí donde están las más altas de Norteamérica: las Yosemite Falls (739 m.), un espectáculo que aún tardaríamos unos años en poder contemplar en condiciones más favorables.




Por último y para terminar bien el día subimos a Sentinel Dome para ver la puesta de sol, con las semisiluetas de El Capitán y Cathedral Rocks a contraluz.




 Sobre su pelada superficie de granito, erosionada por lluvias y heladas, aún luchaban por sobrevivir varios pinos retorcidos y moldeados por el viento y los rigores del invierno.




El tercer día nos trasladamos a Yosemite Valley, un pequeño pueblo de servicios en el corazón del parque, buscando camping. Aunque normalmente era imprescindible una reserva previa, tuvimos la gran suerte de encontrar a la primera un lugar libre donde montar la tienda; encender hogueras sólo estaba permitido entre las 17 h. y las 23 h., para reducir la contaminación del aire.

El Centro de Visitantes ofrecía una exposición acerca de los indios que habitaron la zona; especialmente llamativo un traje de ceremonia con plumas; y el diorama reproduciendo una escena de la vida doméstica en el interior de la casa, con figuras de tamaño natural; completando el ambiente una mujer india, ésta sí totalmente real, andaba por allí tejiendo un cestillo. En el exterior se podía ver una muestra de diversos tipos de viviendas construídas con ramas y cortezas.




Nos acercamos hasta la base de la pared de El Capitán, otro de los iconos de Yosemite y meta de los escaladores más ambiciosos. Desde allí se podían ver varias cordadas en diferentes alturas y vías; sus figuras del tamaño de hormigas, las hamacas y el material suspendido de clavijas, se perdían en la inmensa superficie de roca y solamente era posible apreciarlas con la ayuda de unos prismáticos.




El penúltimo día decidimos hacer una marcha más larga para acercarnos hasta Nevada Fall. La subida por el bosque era agradable y se agradecía la sombra; por el camino había buenas vistas de la parte posterior del Half Dome, y de la cascada a la que nos dirigíamos.




La última parte, un sendero pedregoso excavado en la pared de roca pero bastante ancho, iba a dar a la parte alta de la cascada. Paramos a comer encima de unas rocas peladas, mientras el viento soplaba fuerte arrastrando arena y piedrecillas; terminamos el bocadillo mascando arena, pero sin llegar a salir volando.




Después de un rato descansando junto a las cascadas emprendimos la vuelta por un camino diferente, machacante como una escalera y al sol; pero desde allí pudimos echar un vistazo a esta otra cascada: Vernal Fall.
Al final del camino, ya abajo, encontramos, ¡oh maravilla!, un estratégico puesto de helados; allí nos sentamos un buen rato para recuperar fuerzas con dos bien grandes, mientras alrededor las ardillas correteaban en busca de alguna golosina caída generosamente.




Terminamos ese día subiendo hasta el mirador que había a la entrada del túnel de Wawona. Desde allí había una magnífica vista de todo el valle, la más clásica y fotografiada probablemente, mientras la luz cálida de la puesta de sol pintaba con una paleta de tonos anaranjados los grises de la roca y los verdes del bosque en un magnífico cuadro de despedida.




El último día amaneció nublado y lluvioso; parecía como si el verano hubiera querido acompañarnos hasta el último momento y ya el otoño llegase pisándonos los talones y reclamando sus fueros. Una fina capa de nieve recién caída blanqueaba las cumbres de las montañas y de pronto hacía frío.

Por la carretera subimos hasta Tuolumne Meadows. El frío arreciaba y la nieve se iba viendo más cercana, pero la estufa de hierro encendida en el pequeño Centro de Visitantes creaba un ambiente acogedor y alpino que se agradecía.




Cuando paramos en Olmsted Point para tomar unas fotos ya no era el otoño, sino el invierno lo que acababa de llegar; frío intenso, ráfagas de niebla y una humedad que se metía en los huesos. Las rocas de granito, agrietadas, dejaban al descubierto sus lisas superficies lamidas por el paso del hielo de antíguos glaciares; la vegetación había quedado reducida a dispersos ejemplares de pinos y cipreses esculpidos por el viento y el clima riguroso.

Pasamos Tioga Pass (3.031) sin apenas darnos cuenta, en medio de un paisaje de alta montaña, para descubrir al otro lado el terreno oscuro y desértico que, muy abajo, rodeaba las aguas azul oscuro del Lago Mono.

miércoles, 16 de octubre de 2013

U.S.A. 1992: Sequoia N. P. y Kings Canyon N. P.


Era un mediodía de septiembre cuando llegamos al P. N. Sequoia, atraídos por su paisaje alpino y deseando echar un vistazo a las sequoias gigantes que todavía se conservan en sus bosques. Todo parecía bastante seco, con altas hierbas amarillas cubriendo el suelo entre las encinas; la calima solamente permitía vislumbrar un paisaje borroso alrededor. La sequía continuaba haciendo estragos en California.

La carretera ascendía curva tras curva y la temperatura se iba haciendo más agradable con la altura. También el bosque cambiaba de color, volviéndose más verde y frondoso; de la espesura surgían torres de granito, entre las que destacaba la llamada Moro Rock, un monolito de tamaño respetable y formas redondeadas por la erosión.




Aún más arriba comenzamos a ver las primeras sequoias. Fáciles de identificar entre los otros árboles por su corteza fibrosa anaranjada, y sobre todo por un diámetro y altura que las hacían destacar sobre todos los demás.




Encontramos un buen sitio para plantar la tienda en el camping de Lodgepole, y por la tarde nos dimos una vuelta con el coche buscando uno de los enormes ejemplares que daban fama al parque: el General Sherman Tree. "El más grande de todos los seres vivos que existen actualmente sobre la Tierra" (según cartel) era una gran sequoia con la parte superior truncada. Con una masa que superaba a la de cualquier ballena o elefante, y entre 2.300 y 2.700 años de vida, resultaba impresionante imaginar todo lo que podría haber visto a lo largo de ese tiempo.




Después de una noche bastante fresquita, dedicamos el día siguiente a recorrer los cortos senderos que permitían explorar los rincones más interesantes del lugar; las carreteras eran escasas en este Parque, pensado más bien para recorrer andando los grandes paisajes salvajes de la Sierra Nevada. Con el coche subimos sobre el tronco de una enorme sequoia tumbada en el suelo: Autolog. También encontramos una enorme piña de Sugar Pine, que actualmente adorna un rincón de nuestra casa.




A continuación un camino que bordeaba unas praderas nos llevó a través del Giant Forest, con hermosos ejemplares; en uno de ellos, caído y hueco, un pionero llamado Hale Tharp tuvo la ocurrencia de construirse un almacén, añadiendo también una cabaña de madera como alojamiento. Este hombre, primer colono del lugar y pionero también en la lucha por conservar los bosques a salvo de los madereros, no consiguió evitar que muchos de aquellos hermosos árboles fueran abatidos entre 1880 y 1890, año éste en que se creó el P. N. Sequoia y cesaron las talas.




Por una larga y empinada escalera de 400 escalones en la roca, construida en 1930 y declarada Lugar Histórico, alcanzamos la cumbre de la Moro Rock. Tendría unas estupendas vistas de los alrededores de no haber sido por la contaminación que, subiendo desde el muy poblado valle de Sacramento, ponía un velo gris que difuminaba el paisaje. Allá abajo, serpenteando a través del valle, podíamos distinguir la carretera que nos trajo hasta aquí el día anterior.




Por último recorrimos el Congress Trail, pasando por algunas de las sequoias más espectaculares del Giant Grove. Y volvimos al camping, donde estábamos rodeados de gente que encendía hogueras mañana y noche, costumbre nacional; ¡qué consuelo saber que lo ahumado se conserva bien!. Lo más molesto era que, con todo tan seco y un polvo sucio cubriendo el suelo, empezábamos a sentirnos como miembros de la tribu "pies negros con zapatillas negras"...




Al día siguiente nos trasladamos a la zona Norte para alcanzar Kings Canyon N. P. Una vez allí hicimos un recorrido por Grant Grove, una zona del bosque que albergaba otro ejemplar sobresaliente: el General Grant Tree; más aislado que su colega el Gral. Sherman y por tanto más fácil de apreciar en toda su enorme altura. ¡Qué ocurrencia poner nombres de generales en árboles tan hermosos!. Y a pesar de llevar ya vistos hasta entonces unos cuantos, aún encontrábamos sorprendente un pie especialmente inmenso, unas ramas que parecían brazos, o un tronco parcialmente ahuecado por el fuego de forma espectacular.




Kings Canyon es el uno de los cañones más profundos de USA. Esto solamente quiere decir que, en cierto punto, la diferencia de nivel entre uno de los picos que lo bordean y el lecho del río es de unos 2.500 metros; o sea, más aún que el Gran Cañón del Colorado. Dicho esto, la verdad es que no se aprecia tal profundidad, seguramente por la amplia distancia entre sus orillas y lo escalonado de las alturas de las montañas que lo rodean.




Hicimos la ruta por el Parque, parando en los miradores y caminando por un sendero a través del bosque y los pedregales. Las altas paredes de granito que nos rodeaban relucían al sol y allá abajo el río de aguas transparentes invitaba al baño; un lugar realmente agradable: las cascadas vertiendo sus aguas en una gran poza. Y como punto especial la gran roca plana que John Muir, escritor y entusiasta abogado de la Naturaleza, utilizaba para sus charlas.

Cuando dijimos adiós a Sequoia y Kings Canyon nos quedaban diez días para la vuelta a casa, pero todavía teníamos pendiente una cita importante que no podíamos pasar de largo: el P. N. Yosemite.

viernes, 19 de julio de 2013

U.S.A. 1992: Intermedio en Los Angeles


Dormimos bien en el camping de Wildrose, sin tarántulas ni sobresaltos; y al día siguiente volvimos a la carretera bien descansados.




Teníamos pensado hacer un "intermedio" lúdico en nuestra visita de Parques Nacionales, para pasar un par de días en Los Angeles y visitar Disneyland. Nunca es tarde para convertir en realidad los sueños, y estábamos deseando conocer de primera mano el mundo de fantasía creado por el entrañable Walt Disney en aquéllas películas y dibujos animados que tantas veces alegraron nuestra niñez.




Enfilamos, pues, la desolación del Panamint Valley, una cubeta ancha y llana entre montañas; puro desierto donde la carretera, como una flecha, se perdía en la distancia. Ya sabíamos que aquél espacio era utilizado como lugar de pruebas para los aviones del ejército; y, efectivamente, no tardó en pasar rugiendo sobre nosotros lo que parecía ser un F-16 volando a poca altura.




Sin embargo la mayor sorpresa del lugar nos la llevamos al encontrar una tortuga en medio de la carretera. Sí, habíamos leído que las había por allí, pero resultaba difícil de creer hasta tenerla delante. Con su caparazón duro y compacto, un saliente bifurcado bajo la cabeza, piel coriácea y escamosa, y uñas planas y potentes, parecía un pequeño carro de combate atravesando el desierto.

La dejamos bien lejos de la carretera después de tomar unas fotos, y en cuanto se vio libre salió "corriendo" hasta refugiarse al cobijo de un arbusto.




Atravesamos más allá una desolada zona minera, con casas destartaladas y sembrada de chatarras; los postes y cables que se entrecruzaban por todas partes no contribuían a mejorar el paisaje. El pueblo principal se llamaba Trona; el entorno de áridos montes pelados estaba ocupado por instalaciones militares.

Un terreno de montañas más húmedas con arboledas anunciaba ya la cercanía de Los Angeles; también iba aumentando el tráfico, y una capa flotante de color gris pardo que solamente nos dejaba ver los objetos más cercanos mientras que todo lo demás se iba difuminando hasta hacerse invisible en la distancia. Volvíamos a la civilización...




Orientándonos en el laberinto urbanizado gracias al mapa de carreteras conseguimos llegar hasta Anaheim y entrar en Disneyland. Nos instalamos en el Disney´s Vacationland campground, y pasamos todo el día siguiente subiendo y bajando, entrando y saliendo, hasta probar todas las atracciones que encerraba el recinto. A pesar de la cantidad considerable de visitantes no tuvimos que esperar demasiado en las colas, e incluso repetimos en las que más nos gustaron. Guardamos un buen recuerdo de Disneyland, con su ambiente mágico y algo anticuado, aunque esto último le aportaba cierto encanto extra.




Al día siguiente nos dimos una rápida vuelta por la ciudad de Los Angeles. El ambiente grisáceo, las autovías llenas de vehículos, y un calor agobiante poco común para las fechas en que ya estábamos no invitaban a permanecer allí por más tiempo. Pasamos por Long Beach, donde estaba amarrada la enorme mole del Queen Mary. Por Beverly Hills, zona ondulada y boscosa salpicada de magníficas villas donde se suponía que vivían las estrellas de cine; aunque los únicos seres vivientes visibles en aquél momento eran los jardineros, carteros, y obreros arreglando la calle. En Malibú, la fila de casas bajas alineadas frente a la playa dejaba pocos huecos para echar un vistazo al mar, donde flotaban algunos surfistas esperando la ola.

Y después de aquel baño de civilización, y con muchas ganas de dejarla atrás, seguimos ruta atravesando Los Padres National Forest, increíble remanso de paz a tan pocas millas de la ciudad. Pasamos el día en la carretera hasta que, muy cansados, paramos a pasar la noche en un camping Koa cerca de Porterville. Para no variar, por allí cerca pasaban todos los coches y camiones del mundo, y a las 6:30 a.m. nos despertó el camión de la basura recogiendo los contenedores con estruendo; los cuervos comenzaron a entonar su serenata matutina justo en aquél momento, y poco después se les unieron los ocupantes del RV de al lado. En fín...

Nada más desayunar recogimos la tienda y salimos disparados, deseando llegar cuanto antes a nuestro siguiente destino: los Parques Nacionales Sequoia y Kings Canyon.