jueves, 9 de febrero de 2012

U.S.A. 1992: Mount St. Helens N. V. M.


Entramos en el estado de Washington atravesando el río Columbia por un gran puente metálico: el Puente de los Dioses. En otros tiempos un gran deslizamiento de tierra cerró el valle en ese punto, creando una presa natural que los indios usaban para cruzar de una orilla a otra, hasta que llegó un momento en que la presa se rompió y se formaron los rápidos por los cuales se precipita hoy el río Columbia.

Sin embargo la leyenda india, como todas las leyendas, tiene mayor encanto.

Cuenta que hasta aquéllas tierras llegó el jefe de los dioses: Tyhee Saghallye, con sus dos hijos, y al ver un lugar tan hermoso decidieron establecerse en él. Enseguida los hijos empezaron a disputar por quién se quedaría con qué tierra y, para resolver el litigio, su padre empuñó el arco y disparó dos flechas, una hacia el norte y otra hacia el sur, enviando a cada uno a establecerse donde hubiera caído la flecha correspondiente; y como el río separaba ambos territorios, el padre construyó Tanmahawis (el Puente de los Dioses) para que pudieran reunirse de vez en cuando.

Todo marchó bien hasta que ambos se enamoraron de la misma mujer; y cuando ella no pudo decidir a cuál elegir se hicieron la guerra, quemando pueblos y bosques hasta que todo quedó devastado y la tierra tembló con tal violencia que se rompió el puente y las aguas se derramaron formando los rápidos.

Saghallye, enojado, derribó a sus hijos y convirtió a cada uno de ellos en una montaña allí donde cayeron: el Monte Hood y el Monte Adams. Y la mujer quedó transformada en el Louwala-Clough (Montaña de Fuego): actualmente el Monte St. Helens, al que ahora nos dirigíamos.




Habíamos atravesado bosques y más bosques, cuando al fín llegamos a un punto desde el cual tuvimos la primera visión completa del Volcán St. Helens. Aún de lejos resultaba impresionante.

No solamente por su mole de laderas peladas, con manchas de nieve y un penacho humeante difuminándose en el azul del cielo. Que tan sólo doce años atrás ese paisaje lunar hubiera sido una montaña de postal cubierta de bosques y lagos, resultaba difícil de imaginar.




Pero así fué: en la primavera de 1980, después de entrar en actividad con varios terremotos y erupciones menores, toda la parte superior de la montaña explotó y se deslizó ladera abajo como una avalancha ardiente que arrasó todo a su paso. Para entonces, además de los geólogos encargados de las mediciones, muchos curiosos se habían instalado por los alrededores para observar los cambios que se iban sucediendo en el volcán; algunos se salvaron y otros perecieron alcanzados por la nube de gas y rocas ardientes. Un fotógrafo afortunado pudo obtener una serie de instantáneas desde un lugar más alejado, antes de que la lluvia de piedra pómez le hiciera salir corriendo.

* Puedes pinchar en el Vídeo para ver una breve secuencia de la explosión, montada a partir de aquéllas fotos. Para ver algo más elaborado y completo, con comentarios de los geólogos e imágenes de vídeo real, pinchar en St. Helens eruption. En Webcam se puede obtener una imagen del volcán en tiempo real.




Acampamos en Cougar, en medio del bosque y a la orilla de las cristalinas aguas del embalse de Yale. Y esa misma tarde recorrimos el camino del Lava Canyon. Al principio era ancho y asfaltado, con una suave pendiente; a continuación un tramo más estrecho y empinado, desde el cual se veían cascadas y grandes formaciones de basalto cristalizado en medio del río. La tercera parte, calificada como "difícil", era una senda mínima y resbaladiza de pequeñas piedras, con algunos pasos psicológicos, que serpenteaba subiendo y bajando a cierta altura sobre el cauce.




Por la carretera 26 nos acercamos hasta la zona devastada por el volcán. Los árboles estaban todos tumbados, como si un rodillo gigante hubiese pasado por encima; pálidos y secos, parecían la pelambrera de algún animal enorme extendida sobre los montes. Algunos permanecián en pie, coronando las cimas de colinas que recordaban cabezas de pelos erizados. El efecto era impresionante.

Sin embargo, entre los troncos arrancados ya comenzaba a crecer la vegetación y había flores que animaban tímidamente el paisaje: la vida volvía a nacer bajo la mirada ceñuda del volcán y su nube de humo blanquecino.

Sobre la superficie del Spirit Lake flotaba una mancha blanca formada por los incontables troncos arrastrados. A partir de allí una extensión gris se elevaba hasta el cráter, erosionada y retorcida.

En Windy Ridge se terminaba la carretera; el nombre: cresta ventosa, le venía francamente bien. Allí dejamos el coche para seguir caminando por la pista cerrada al tráfico que se acercaba al volcán; a la izquierda se hundía el terreno en una empinadísima cuesta hasta el Muddy River.




Teníamos intención de caminar solamente un rato, pero acabamos recorriendo casi entero el Loowit Trail. El suelo estaba cubierto de piedra pómez y ceniza gris; pero en uno de los arroyos que cruzamos crecían abundantes plantas con flores, y en el aire se oía el zumbido de lo que al principio tomamos por gordos abejorros; pero no: ¡eran colibríes! Nunca hubiera imaginado encontrar esas pequeñas joyas brillantes en un paisaje lunar como éste; pero allí estaban, casi invisibles excepto en los breves segundos que se detenían en el aire delante de alguna flor.




El cielo se iba coloreando de hermosos tonos anaranjados con la puesta de sol, y a lo lejos se veían las cumbres nevadas de otros tres volcanes: Mt. Adams y Mt. Rainier, más redondeados, y el picacho erguido del Mt. Hood.




Cuando alcanzamos las cascadas, que caían en una grieta oscura, ya se había puesto el sol. Hicimos el camino de vuelta con las últimas luces y al final de noche, aunque la claridad del terreno facilitaba la tarea.

Ya cerca del aparcamiento, adivinamos por delante como una mancha grande y clara: ¿un cartel?, ¡no había ninguno antes!; a medida que nos acercábamos pudimos apreciar que se movía, y al llegar a su altura el "cartel" andante nos saludó con un cansado "Hi!": un chico de Seattle que también volvía a deshora y hecho polvo, con el que recorrimos las últimas decenas de metros hasta el coche.