martes, 31 de enero de 2012

U.S.A. 1992: Redwood N. P.


Volvíamos a entrar en California. Esta vez la frontera era más que evidente, porque para proteger su agricultura la legislación impide pasar frutas o verduras compradas en cualquier otro lugar.

La carretera 96 discurría sinuosa a lo largo del interminable valle del Klamath River, paraíso de los pescadores; se veían muchas casitas en medio de los frondosos bosques, y también negocios relacionados con esa actividad: alquiler de botes, artículos de pesca y alojamientos. Pero a la hora de buscar camping no encontramos ninguno; así que acabamos plantando la tienda, ya anocheciendo, en una llanura pedregosa junto al río donde ya estaban acampados unos hombres mayores que, a pesar de su aspecto algo extraño, aparte de ser bastante ruidosos no nos causaron ningún problema.

Al fín alcanzamos la costa: largas playas a un lado de la carretera y un bosque con enormes árboles al otro. Habíamos llegado al Redwood National Park.

* Aunque este parque no parece tener instalada ninguna webcam, puedes obtener información completa y actual del lugar pinchando en Redwood N. P. para acceder a la página web del Servicio de Parques Nacionales de U.S.A.
    
Este parque nacional y los estatales adyacentes protegen el 45% de los bosques de Coastal Redwood (Sequoia sempervirens) originales que han sobrevivido: los árboles de mayor altura y masa que viven en la Tierra. La pena es que el 90% de estos magníficos árboles gigantes, que en 1.850 cubrían 8.500 km2 de la costa de California, acabaron siendo talados para construir casas en San Francisco y otros lugares de la costa, antes de que les alcanzara esa protección...




Nos instalamos en el camping de Prairie Creek, muy céntrico para visitar el parque. Cada plaza estaba provista con su correspondiente parrilla y mesa; sombreada y a la vez aislada de las otras por el bosque, casi como estar solos; nos habían prevenido acerca de la presencia de osos y mapaches, aunque no vimos ninguno. Pero cuando estábamos terminando de montar la tienda, recibimos la inesperada visita de dos enormes wapitis que se habían ido acercando mientras pastaban por los alrededores.




El wapiti (Cervus canadensis), que allí también llaman elk (no confundir con los alces: moose), es uno de los cérvidos más grandes que existen actualmente: sólo el alce y el sambar le superan en tamaño. Estos que ahora teníamos al lado, sin ser ejemplares de los más grandes tenían un aspecto imponente.

Emocionada, me acerqué para tomar un par de fotos con cuidado de no hacer movimientos bruscos; no tanto porque pudieran espantarse como por si decidían de pronto que en su territorio no querían extraños (ya habíamos tenido una experiencia con un urogallo bastante temperamental en Suecia...). Pero en cuanto empezaron a acercarse otros campistas debieron pensar que ya era demasiado público y se alejaron; y a pesar de su gran corpulencia y de que su camino pasaba justamente entre la tienda y el árbol, no rozaron ni uno sólo de los vientos.




El bosque empezaba allí mismo, detrás de nosotros: grandes redwoods y abetos de Douglas, principalmente, aunque mezclados también con otras especies. El sotobosque, muy frondoso, ocultaba troncos caídos por todas partes; algunos de estos inmensos ejemplares tumbados formaban puentes bajo los cuales pasaba cómodamente el camino; otros habían sido aserrados para abrir un paso, y era al atravesar estas secciones cuando mejor se podía apreciar su enorme tamaño.

Había árboles de troncos múltiples con una base común (en la foto se puede apreciar la escala). Otros habían quedado huecos y ennegrecidos por los incendios, pero seguían vivos y evocaban primitivas fortalezas. La luz del sol conseguía a duras penas penetrar en aquel ambiente verde y húmedo, dando la impresión de que se acercaba la noche en pleno mediodía.




Empleamos otro día en hacer un recorrido por senderos que atravesaban el bosque y salían a la costa: empezamos por el Miner´s Trail, desviándonos luego por el Clintonia T. y terminando en el James Irving T. No coincidimos con nadie en esta ruta, y los únicos animales que podían verse eran los diminutos pájaros pardos que llaman wren moviéndose como ratones entre la maleza. También encontramos estas curiosas babosas amarillas, que muy acertadamente han bautizado como Banana Slug (Ariolimax californicus).




El último tramo recorría un frondoso cañón verde de paredes tapizadas con helechos (Fern Canyon), y por allí fuimos a salir a la playa de Gold Bluffs. Enormes troncos secos arrastrados hasta la costa por las olas yacían sobre la arena clara de una playa interminable, que se perdía de vista a lo lejos entre la bruma.

Soplaba un viento bastante fresco a pesar del sol, pero es evidente que hay quien no renuncia a la siesta por tan poca cosa...




Visitamos también la zona de reseva de Tall Trees, con el correspondiente permiso, para ver el que dicen es el árbol más alto del mundo, además de los que ocupan el tercer y sexto puesto (según mediciones efectuadas por el National Gographic en los años 60). La excesiva proximidad y lo espeso del follaje no nos permitía apreciar claramente su tamaño, pero desde luego las ramas más altas se perdían de vista allá arriba.




El último día pasamos un buen rato viendo la exposición del Centro de Visitantes, muy interesante y bien montado como todos; y también dimos un paseo por la arboleda de Lady Bird Johnson, con un sendero didáctico muy agradable y en aquél momento solitario.

La niebla que cubría la costa esa mañana terminó llegando también al bosque, y en pocos minutos quedamos envueltos en una atmósfera irreal donde parecía haberse detenido el tiempo; como si las sombras de los cazadores indios que otrora recorrieron estas espesuras en busca del ciervo y del oso, pudieran materializarse entre los árboles desdibujados y etéreos y recuperar por un momento su existencia perdida... La despedida perfecta para un lugar mágico.