miércoles, 15 de junio de 2016

Japón 2014. Isla Miyajima (1)


La Isla Miyajima se encuentra a 50 km de Hiroshima, y es fácil llegar a ella mediante una combinación de tren y ferry. Aunque su nombre oficial sea isla Itsukushima, se la conoce popularmente como Miyajima (isla del santuario), y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Aparte de todo estas consideraciones, debo deciros que es uno de los lugares que más nos ha gustado de este viaje; y como un sólo día se nos hizo corto para todo lo que tenía que ver, volvimos también al siguiente para seguir disfrutando de sus templos y paisajes.


El tren nos deja cerca del puerto de embarque, y el ferry sólo ha tardado 10 minutos en alcanzar la otra orilla.


Nada más desembarcar ya nos esperan los primeros ciervos, que se pasean libremente por las calles, se tumban a rumiar junto a los árboles o a la orilla del canal de agua. Este parecía estar seleccionando el menú en la puerta del restaurante... :-)


Comprobamos que muchos japoneses parecen tenerles miedo, influidos quizás por los carteles de advertencia, y salen corriendo espantados cuando algún ciervo se les acerca con aire inquisitivo, ¡el mundo al revés!.


A los ciervos les encanta el papel, así que hay que mantener guías y mapas bien lejos de su alcance si no quieres quedarte sin ellos; y no digamos la comida... Gracias a ello se ven escenas divertidas cuando algún ciervo se acerca por detrás de alguien sentado y desprevenido, sobre todo cuando mete el hocico en el bolso o la merienda del incauto. También les hemos visto comerse con deleite las hojas de una guía de viaje después de hurgar en las alforjas de un bicicleta descuidada, así que no os dejéis embaucar por esa cara de no haber roto un plato y ¡mucho ojo con vuestras pertenencias!.


El centro de la isla se eleva en una cadena de montañas cubiertas de bosque, siendo el monte Misen la mayor altura con sus 530 metros. El pueblo es pequeño, con abundantes restaurantes y tiendas de recuerdos; entre las compras más populares están las galletas o pastas, rellenas con crema de diferentes sabores.


Por la mañana se puede ver su fabricación a través de los grandes ventanales acristalados de las tahonas; la "cadena de montaje" avanza mientras el aire se llena de apetitosos aromas de pastelería.


A lo largo de la orilla del mar hay un paseo, flanqueado por linternas de piedra, que lleva en diez minutos hasta uno de los templos más visitados: el Santuario de Itsukushima.


Es sintoísta, y tiene la particularidad de estar construido sobre el agua por estar dedicado a la deidad del mar. Consta de varios edificios, entre los que destacan el salón principal Honden, el oratorio Haiden y el salón de las ofrendas Heiden; también hay dos pasillos que unen los edificios secundarios con la parte central del santuario. Todo está construido sobre pilotes, porque la marea alta inunda el lugar.



Al recinto del santuario, aunque separado de él, pertenece también el enorme y vistoso Otorii, una de las imágenes más fotografiadas de Japón; ha sido reconstruido varias veces, y el actual data de 1875.
Es una impresionante estructura de 16 metros de altura, construida con madera de alcanforero por ser ésta muy resistente a la descomposición y a los insectos. Al simbolizar la frontera entre el mundo de los espíritus y el mundo humano está pintado de color bermellón que, de acuerdo con las creencias japonesas, mantiene alejados a los malos espíritus.


Este Otorii tiene una curiosa particularidad: aunque sus pilares parecen estar empotrados en el terreno, en realidad se sostiene sobre la arena por su propio peso; varias toneladas de piedras situadas bajo los pilares contribuyen a su estabilidad.


Con la marea baja se puede llegar andando hasta su base; cuando la marea sube el Otorii queda aislado en medio del agua, destacando su color naranja contra el azul del mar y el verde del bosque de forma muy vistosa.

Otros templos y pagodas salpican el lugar, y un teleférico sube hasta lo alto del monte Misen. Allá nos dirigimos, a través del frondoso Parque Momijidani, aunque primero hay que remontar andando la cuesta boscosa hasta alcanzar la estación; el calor y la humedad nos hacen sudar bastante, ¡no quiero ni pensar cómo será hacer esto en verano!.


Cuando el teleférico nos eleva sobre el bosque las vistas se hacen amplias. A medio camino hay un cambio de cabina en la estación de Kayadani, para hacer el tramo final hasta la estación de Shishiiwa. En poco tiempo llegamos arriba; hay un mirador y buenas vistas sobre la bahía.


Para alcanzar la cima del monte hay que descender un buen trecho y volver a subir por un sendero escalonado y muy fatigoso; allí mismo nos cruzamos con una anciana pequeña y encorvada, que baja sostenida por los que seguramente sean sus nietos.


En una pequeña explanada, al pie del afloramiento rocoso de la cima, se encuentra un conjunto de templos relacionados con Kobo Daishi, monje budista fundador de la secta Shingon.


El más importante es el Kiezu-no Reikado o Salón de la Llama Espiritual; en su interior arde la llama que, según la creencia, fue la que ilumino a Kobo Daishi; ha estado ardiendo durante 1.160 años desde entonces. La Llama de la Paz, en el Parque de la Paz de Hiroshima, proviene de este mismo fuego.


Una nube de humo sale del interior del pabellón; nos asomamos a la entrada, para ver un gran caldero colgado sobre el fuego, y una imagen al fondo, bien negra y cubierta de hollín. El fuego parece algo mortecino, pero un monje se ha encargado de avivar las brasas, consiguiendo una buena llama que crepita ahora en la oscuridad.


En la explanada hay otros pabellones: Dainichi-do está dedicado a dos dioses: el del sol y el del fuego.


Sanki-do, situado algo más arriba y ahora cerrado, está dedicado a tres dioses guardianes.



Toca bajar, y hemos elegido hacerlo andando para ver el bosque; el camino tiene unos 500 metros de desnivel, y en su mayor parte desciende escalonado. Hacia el final cruzamos un barranco donde han construido un enorme parapeto de piedras; aquí llueve y nieva, y con esta inclinación las avalanchas deben de ser temibles.


Hacia abajo, desde el camino, tenemos una vista panorámica del pueblo y la bahía.



Al alcanzar la entrada del valle avistamos el templo más bonito e interesante de la isla: el Daisho-in, de la secta Shingon, perteneciente al budismo zen. Pasamos largo rato explorando sus muchos rincones y pabellones, pero cierran a las 5 pm y todavía nos quedan muchas cosas por ver cuando toca salir. Así que mañana pasaremos aquí otro buen rato; le dedicaré la siguiente entrada.


Las últimas horas de la tarde las pasamos deambulando por el paseo marítimo, intentando tomar la mejor foto del Otorii mientras el sol va hacia el ocaso. No es tan fácil, ya que hay también cantidad de gente con la misma idea y de vez en cuando una figura inoportuna aparece en el visor en el momento preciso... Pero la tarde es larga y da tiempo a todo.


Lo más gracioso de la tarde ha sido el ciervo que quería participar en la merienda, con botella de champán incluida (francés, sure), de una pareja de franceses que ocupaban un banco y andaban distraídos con las vistas. La mujer, sin decidirse a tocar al ciervo para apartarlo de allí, clamaba a su marido: "la bouteille, oh, la bouteille!".

En el ferry de vuelta coincidimos con dos jóvenes madrileñas, con las que pasamos de charla el trayecto de vuelta hasta la estación de Hiroshima. Mañana volveremos a Miyajima para ver lo que nos ha faltado...