miércoles, 21 de enero de 2015

Japón 2014. Kanazawa 1


Lo mejor de viajar en Japón es la facilidad para trasladarse cómoda y rápidamente gracias a la red de trenes rápidos, especialmente los Shinkansen. De ese modo, visitas que en otros países no serían posibles sin pernoctar en el lugar de destino se pueden realizar en excursiones de un día, volviendo a dormir en la ciudad que hayamos elegido como base.




Así que hoy hemos decidido hacer una escapada a Kanazawa, situada en la costa norte de Honsu y a unos 225 kms. de Kioto, donde volveremos por la noche. Queremos visitar el jardín Kenrokuen, uno de los más bonitos de Japón; y dar una vuelta por otros punto de interés que tiene la ciudad. Para descubrirlos hemos pasado el día caminando de acá para allá sin prisas, disfrutando de las novedades a nuestro ritmo en vez de coger un transporte público.




Lo primero que nos ha llamado la atención, nada más salir de la estación, ha sido una enorme estructura de madera: el Tsuzumi O Tori, que combina las formas de un tambor tradicional y de una puerta Tori; por delante se extiende una plaza agradable, con pinos en forma de bonsai y una original fuente - reloj que muestra las horas por medio de pequeños surtidores de agua.




Kanazawa tiene fama por su artesanía, especialmente lacados, cerámicas y kimonos. No tardamos en ver una preciosa muestra de estos últimos en un escaparate; deben de ser para bodas o celebraciones especiales.

El mercado Omicho es pintoresco, pero sobre todo de una pulcritud difícil de ver en este tipo de esblecimientos. Hay frutas y hortalizas colocadas con tal primor que parecen bodegones; podéis ver en el mostrador de esta pescadería la exposición de mariscos a la venta... ¡y los precios!.

Allí mismo hemos comprado unos pinchos de carne y unas bandejitas de fruta troceada, que hemos consumido en una de las dos mesas dispuestas para ello. No hay papeleras a la vista; no las hay aquí ni en ninguna parte: la ausencia de papeleras en la calle es algo que nos ha llamado la atención  desde el primer día; así que devolvemos los plásticos en el puesto donde hicimos las compras.




Nagamachi es el barrio donde vivían los samuráis con sus familias, a los pies del Castillo del clan Maeda. A pesar de los cambios todavía conserva algunas de las antiguas residencias y un ambiente de otra época; aunque nos ha costado un poco encontrarlo en el laberinto urbano, ya que en realidad se reduce a un par de calles estrechas y empedradas rodeadas por el canal Onosho.




Las tapias, construidas a base de piedras y barro prensados en moldes, están rematadas con tejadillos oscuros; en su interior, las casas tradicionales que aún quedan son de madera, con suelos de tatami, y están rodeadas por pequeños jardines cuidados con mimo.




Se pueden visitar alguna de las casas, especialmente la que perteneció a la familia Nomura (Nomura-ke); otras han sido reconvertidas en pequeños museos o talleres. Y también puedes simplemente dar una vuelta por el jardín y continuar el paseo.




A lo largo del recorrido se descubren pequeñas tiendas que venden cuidados productos de artesanía, y algún taller de cerámica que expone sus piezas en el jardín para el visitante.




Incluso en detalles como este toldo se aprecia el cuidado y buen gusto de una cultura capaz de transformar en arte lo más cotidiano, ya sean las flores de un jarrón o el envoltorio de un regalo.




Seguimos nuestro paseo saliendo de nuevo al tráfico y el ajetreo de la ciudad moderna, plano en mano, para encontrar el camino hacia el santuario Oyama.




Está en lo alto de un montículo arbolado, y se accede a la entrada subiendo la escalera hasta una curiosa puerta que mezcla elementos japoneses, chinos y europeos; por esta singularidad ha sido declarada bien cultural japonés.




La entrada al recinto tiene unas preciosas puertas de madera tallada, y de nuevo encontramos una enorme losa de granito, esta vez de forma circular, bajo el dintel.






En un pabellón vemos este precioso palanquín ceremonial, que seguramente tomará parte en alguno de los festivales religiosos que se celebran a lo largo del año.




El santuario tiene un agradable y frondoso jardín, con un estanque donde nadan carpas de colores, puentecillos de piedras y linternas de granito. Preside el lugar la estatua de Maeda Toshiie, fundador del poderoso clan Maeda que dominó la región entre los siglos XVI y XIX, a quien está dedicado el santuario.






Después de disfrutar un buen rato de la tranquilidad del lugar sentados frente al lago, hay que salir por otra puerta y seguir la calle que bordea los terrenos del Castillo, para acceder  al jardín Kenrokuen. Pero ésto lo dejo para la próxima entrada...