martes, 25 de noviembre de 2014

Japón 2014: Kioto: Fushimi Inari Taisha


Kioto es una ciudad especial dentro de Japón por un par de cosas que la hacen única.

La primera es su papel como antigua capital, desde 794 a 1868. La Corte imperial, las instituciones administrativas, el poder religioso... todo tenía su sede en Kioto por entonces. La segunda, ser la única ciudad importante que se libró de los bombardeos de la II Guerra Mundial que destruyeron tantas otras joyas del patrimonio histórico japonés.

Gracias a la combinación de ambas afortunadas circunstancias, Kioto es hoy uno de los destinos más importantes de Japón para los interesados en su historia, arquitectura, arte y tradiciones. Pero también para el viajero curioso en busca de lo pintoresco, para el soñador dispuesto a perseguir fantasmas del pasado en las callejuelas de Gion o en los altares de los templos ocultos en el bosque.

Dedicamos nuestra primera visita en la ciudad al Fushimi Inari Taisha.




El santuario, sintoísta, está dedicado a Inari, espíritu del arroz y, por extensión, deidad de la riqueza y los negocios. La particular imagen de los túneles formados por cientos de torii, que seguramente habréis visto más de una vez en fotos, se deben precisamente a esto: la costumbre de que cada comerciante o artesano, pidiendo la protección de Inari para tener éxito en su actividad, hiciera donación de un torii al santuario. El nombre del donante, particular o compañía, y su dirección, aparecen grabados en muchos de ellos.




Si tenemos en cuenta que su fundación se remonta al año 711, y que actualmente la costumbre se mantiene, se comprende que unas 10.000 de estas estructuras se encuentren repartidas por todo el recinto, formando auténticos túneles que cubren los senderos que serpentean por la montaña, y como amuletos ofrecidos en los altares.




El complejo se compone del Go Honden, el santuario principal en la base del monte, y de multitud de otros altares y templetes más pequeños ocultos entre la frondosidad del bosque. La estación ferroviaria de Inari JR nos deja justo enfrente de la puerta de  Sakura.




La imagen del zorro: kitsune, mensajero de Inari, hace su primera aparición nada más cruzar la entrada. Lleva en la boca la llave que guarda el depósito del arroz, alimento básico y símbolo de la prosperidad. Vamos a ver su figura, grande o pequeña, en todos los altares que salpican el recorrido.




A ambos lados de la puerta vigilan la entrada los guardianes del templo, figuras tradicionales de guerreros armados con arco y flechas. Lo curioso es que esta vez están momentáneamente acompañados por un personaje de los modernos cómics manga tan queridos por los japoneses.




Una vez en el interior del Go Honden encontramos varios pabellones con funciones diferentes. Hay pequeños altares, y también un escenario cubierto para representaciones; impecables arquitecturas de madera de vistosos y brillantes colores.




El patio principal está rodeado por los habituales puestos de recuerdos y amuletos, y en el centro está el pabellón del santuario propiamente dicho, donde los visitantes se acercan para hacer sus ofrendas y peticiones.




Hemos tenido suerte de venir fuera de temporada, ya que en vacaciones o durante las fiestas el recinto se convierte en un hormiguero de gente; acabo de leer que durante los tres días de Año Nuevo, en 2006, 2,9 millones de personas visitaron este lugar... Ahora, en cambio, hay bastante tranquilidad.




Poco más allá comienza la subida al monte Inari, cubierto de bosque. Con este plano nos podemos hacer una idea más clara del conjunto, ya que una vez dentro es imposible tener una perspectiva para saber por dónde andamos ni lo que nos espera más allá del siguiente recodo.




El sendero que sube serpenteando a través del bosque está en gran parte cubierto por enormes torii de color naranja, uno junto a otro, a veces tan apretados que forman un auténtico túnel. Algunos están deteriorados y decolorados por el tiempo y la intemperie, pero vemos que los están pintando de nuevo.




En varios rincones el camino se abre para dar paso a otros altares. Algunos tienen un ambiente casi submarino, teñidos por la penumbra verdosa que reina bajo los árboles frondosos, con el musgo creciendo sobre la húmeda piedra gris.




Apenas hay visitantes en estos rincones ya que la mayoría se ha quedado abajo, en el templo principal, y los que han emprendido la subida se concentran en recorrer el sendero. Gracias a ello es posible disfrutar del ambiente especial de estos rincones antiguos que parecen detenidos en el tiempo.




Un altar con cubierta de madera marca el final de la subida, el único punto donde el bosque se abre lo suficiente para poder echar un vistazo al paisaje y la ciudad que dejamos abajo. También hay puestos donde comprar amuletos, comida y bebida, a los lados del camino.




La bajada se hace por una ruta diferente, también con sus torii, aunque a veces el camino se convierte en escalera.




Los altares son en este lado de otro estilo, probablemente de época más reciente que aquellos perdidos en el bosque.




Incluso se ven imágenes diferentes a la del zorro de Inari, como estas figuras maternales que parecen dedicadas a proteger a los niños.




Abandonamos el Fushimi Inari Taisha con la impresión de que la visita ha merecido la pena y es una buena introducción a la ciudad. Al salir nos despide esta visión fugaz de coloridos kimonos para recordarnos que Kioto sigue siendo, todavía, el corazón de la tradición japonesa.