miércoles, 24 de septiembre de 2014

Japón 2014: Tokio: Asakusa


Después de haber leído tantas referencias de Asakusa como barrio "tradicional" dentro de la moderna aglomeración de Tokio, casi esperábamos encontar transeúntes ataviados con kimonos y yukatas, viviendas especialmente pintorescas y calzadas empedradas...

En realidad, nuestra primera impresión al salir a la calle en la estación de metro Tawaramachi no resultó diferente a la de haber aterrizado en cualquier otro lugar de estilo occidental. Edificios bastante anodinos de aspecto funcional en una mezcla desigual de volúmenes; y una telaraña de cables por las alturas. Eso sí: todo limpio, sin pintadas en los muros, papeles por las calles ni basuras por los rincones; ¡y eso que no hay a la vista ni una sola papelera!.




Nos llama la atención ver en el suelo unas señales que advierten de que está prohibido fumar (más tarde veremos que existen pequeñas áreas delimitadas para fumadores), las aceras compartidas por ciclistas y peatones; y la costumbre de circular por la izquierda, extensiva a los transeúntes por calles y escaleras.

El único toque pintoresco corre a cargo de los pequeños restaurantes, con esas curiosas bandas de tela colgando sobre la entrada; los caracteres japoneses escritos en ellas informan (a quien sepa descifrarlos) de la especialidad culinaria que caracteriza al local. Lo más chocante es la longitud de esas bandas, que tapan parcialmente la entrada; antiguamente cumplían la función de "servilletas" para que los clientes pudieran limpiarse las manos en ellas al abandonar el restaurante...




En el hotel Toyoko Inn Asakusa, que habíamos reservado previamente por Internet, nos reciben amablemente y con toda la famosa cortesía de este curioso país. Pertenece a una cadena de los llamados "business hotel", cuya clientela son principalmente ejecutivos en tránsito; nada tradicional, desde luego, pero correcto y cómodo por su cercanía a las estaciones de tren, el medio de transporte que vamos a utilizar cada día.

Estoy convencida de que incluso el turista más negado para los idiomas acabará aprendiendo al menos una expresión japonesa: "arigato gozaimasu" (muchas gracias), ya que lo oirá repetir varias docenas de veces a lo largo del día en todas partes como saludo. Además, ¿cómo no corresponder a la cortés venia o reverencia que te dedican a cada momento? Aquí te saludan con esa educación recepcionistas, camareros, encargados de la limpieza, comerciantes, conductores del transporte público... ¡hasta los controladores situados junto a las máquinas de paso al metro van saludando a los pasajeros que entran y salen!. Es para verlo.

A lo que iba. Con las maletas ya en el hotel y la habitación asegurada, salimos de nuevo a la calle para caminar hasta el cercano Templo Senso-ji, que es la atracción turística más señalada de Asakusa. Se trata de un templo budista dedicado a la deidad Kannon (Avalokitésvara), y tiene la particularidad de ser el más antiguo e importante de Tokio.




Después de haber visto una buena colección de edificios religiosos en varios países de Asia, hay que decir que los de Japón nos han parecido diferentes; carecen del "ambiente exótico" que impresiona en muchos templos de China, India, Vietnam... y también de los rincones oscuros y la acumulación de residuos que caracterizan a muchos de ellos. No hay espesas nubes de incienso en el aire ni figuras de dioses impregnadas de aceites y pigmentos. Aquí lo primero que nos llama la atención es la pulcritud y el cuidado evidente de los detalles, así como los relucientes edificios del conjunto; aunque la fundación del templo original data del año 645 d.C., lo que vemos hoy es la reconstrucción llevada a cabo después de que las bombas de la II Guerra Mundial destruyeran el templo.




Una enorme "linterna" de papel domina la entrada a través de la Puerta del Trueno (Kaminarimon), parece ser una de las señas de identidad de este templo; y al otro lado, colgadas de la pared, se ven unas "sandalias" gigantescas de cuerda trenzada. Según nos vamos acercando al lugar va aumentando la animación; recorremos la calle Nakamisu-dori, flanqueada por pequeños comercios y restaurantes básicos con un puñado de mesas y sillas delante. Y al fondo ya podemos ver los altos tejados grises que rematan la monumental Puerta del Tesoro (Hozomon) que da entrada al recinto principal del templo.




Hay mucha gente moviéndose por allí; algunos se detienen brevemente para orar delante del pabellón principal, arrojan monedas en las rejillas de madera y dan palmadas, compran horóscopos que predicen la fortuna, se entretienen delante del amplio muestrario de amuletos y recuerdos a la venta. Todos hacen (hacemos) muchas fotos; aunque ninguna del interior del pabellón central, el auténtico santuario del lugar, donde unos sacerdotes de impolutas vestiduras entonan melodiosos cánticos rodeados de objetos sagrados. La ceremonia, prescindiendo de otros motivos, infunde respeto por su seriedad y solemnidad.
Pasamos un buen rato paseando por el agradable recinto, con macizos de flores y corrientes de agua donde nadan peces de colores. Hay diferentes pabellones además del principal, una vistosa pagoda de cinco pisos, y otras pequeñas construcciones que parecen ser tumbas.




La hora de comer se nos ha pasado sin darnos cuenta, aunque con el jaleo del cambio de horarios el cuerpo se encuentra todavía descentrado y no lo tiene muy claro. Nos sentamos en una de las pequeñas terrazas y, gracias a lo que vemos directamente tras el mostrador, conseguimos unas "tapas" de calamares, carne, y hortalizas que no identificamos pero que resultan sabrosas.
Comer en Japón no resultará un problema, aunque nos tendremos que olvidar del clásico menú occidental y aplicarnos a imaginar el sabor "real" de algunos de los artísticos platillos expuestos en las vitrinas de los restaurantes. Y digo "real" porque lo expuesto es solamente una imitación muy lograda, pero de plástico, de cada plato disponible en el local.




La tarde es corta, porque a las 18:30 h. ya anochece. Lo curioso es que los horarios de oficinas, comercios y demás son muy parecidos a los nuestros y no se adaptan a la disponibilidad de luz diurna; así que, a pesar de que el día comenzó hace varias horas, la mayoría de los negocios no abrirán sus puertas hasta las 9 o las 10 de la mañana, algo a tener en cuenta por los muy madrugadores.
Damos un paseo hasta el río Sumida; al otro lado del puente hay algún que otro edificio más moderno, y al fondo sobresale iluminada la Torre de Tokio; pero desde Asakusa la cara más representativa de esta gran urbe no llega a apreciarse, esperaremos a mañana para descubrirla.

Hemos cenado en un pequeño local familiar cercano al hotel; no ha sido complicado encargar una sopa "ramen" y unas "gyozas" (empanadillas cocidas y pasadas por la plancha), ya que bastaba con señalar en el muestrario expuesto en el escaparate; dueños y clientes parecen mirarnos con cierta curiosidad no carente de regocijo, quizás porque somos los únicos occidentales que hoy cenan allí. Y con una última compra de zumo y leche en el súper nos vamos ya para el hotel.

La habitación es más bien pequeña, unos 14 m2 con baño incluído; pero lo parece todavía más porque la cama, ésta sí, es enorme, ya que la última habitación disponible cuando hicimos la reserva por Internet era esta King Doble equipada con cama de 180 cm. No hay espacio para colocar las maletas, aunque se pueden meter debajo de la cama; y una barra en la pared con algunas perchas cumple la función de ropero; el cuarto de baño, no de los más pequeños, tiene WC con bidet electrónico (otra de las particularidades japonesas, que conviene estudiar un poco antes de usar para evitar sorpresas). Todo está impecablemente limpio y sin desperfectos, como será la tónica general en cada uno de los hoteles de nuestro viaje.