viernes, 5 de abril de 2013

U.S.A. 1992: Grand Canyon of the Colorado N. P. (3)


18 de septiembre en el P. N. del Gran Cañón del Colorado. Un día de agua entre tormenta y tormenta con algunos intervalos de sol. El ambiente era frío y húmedo; helicópteros y avionetas sobrevolaban la zona.

Entramos de nuevo al Parque para continuar el recorrido. En el Centro de Visitantes proyectaban dos audiovisuales; el más espectacular, The river song, tenía impresionantes escenas de los rápidos del Colorado y en general del agua en todas sus formas, con un ritmo muy ameno y una música agradable. También pasamos un rato viendo tiendas, mientras afuera continuaba lloviendo.




Cuando la lluvia cedió el turno por un rato a los rayos del sol, aquel paisaje plano y gris se transformó súbitamente en un laberinto mágico donde retazos de nubes muy blancas flotaban prendidas de las crestas rocosas o surgían de las profundidades del cañón extendiendo un hálito de aspecto fantasmal sobre el relieve. Los rayos del sol, filtrándose a través del manto oscuro de nubes más altas, pintaban de colores algunas zonas y dejaban otras en sombra creando un vivo efecto de mosaico cambiante.




Aprovechamos la tregua para movernos y tomar algunas fotos, y pronto encontramos a una pareja de españoles: Marta y Quique, entre los muchos visitantes. Parados en medio del camino para hablar con ellos, no tardaron en  agregarse a nuestro pequeño grupo otras dos jóvenes españolas, e incluso una señora mayor que venía de Jadraque (Guadalajara). Muy contentos por la rara oportunidad de hablar en español con otros compatriotas, cosa ya casi olvidada durante los más de dos meses que llevábamos de viaje, pasamos lago rato charlando hasta por los codos, intercambiando experiencias e información de los lugares que habíamos visitado.




Así pasamos ese día de lluvias intermitentes, disfrutando del espectáculo de luces que a veces se desarrollaba en la lejanía. Al anochecer, considerando que en la tienda todo debía de estar bastante mojado, cambiamos sin dudarlo la cocina casera por un Mc Donald´s para cenar.

Esa noche fue tremenda. La tormenta estaba encima y los rayos caían una y otra vez en los alrededores, mientras los relámpagos iluminaban súbitamente el interior de la tienda con fogonazos blancoazulados. Retumbaban los truenos, unas veces cercanos, otras más lejos; y a veces un rayo demasiado próximo restallaba con un ruido sobrecogedor. La lluvia caía en ráfagas tan fuertes que atravesaba el doble techo de tela, salpicándonos en pequeñas gotitas. Acabamos, en fin, con la tienda chorreando agua por partes, pero aguantó lo suficiente para no naufragar...




El día siguiente amaneció tranquilo; de la tormenta pasada solamente quedaban algunas nubecillas dispersas como recuerdo; volvía el calor. Recogimos la tienda empapada tal como estaba, ya tendría tiempo de secarse esa noche en Las Vegas.

Y volvimos a entrar en el Parque. Nos quedaba por hacer el recorrido del West Rim Trail, así que dedicamos la mañana a verlo con ayuda del autobús (gratuíto) que pasaba por los miradores cada 15 minutos.

Desde Maricopa Pt. caminamos el corto trayecto de poco más de 1 km. hasta Hopi Pt., para tomar de nuevo el autobús, bajar otro par de veces, y de nuevo al punto de partida. Con el sol de mediodía cayendo de plano el paisaje había perdido parte de su magia, aunque conservando toda su grandiosidad.




Pasamos por una mina de uranio abandonada; un cartel disuasorio avisaba del peligro de contaminación radioactiva. En Hermit Rest, final del trayecto, encontramos un antíguo albergue; había pertenecido a un minero al que llamaban el ermitaño debido a su gusto por la soledad; también trabajó durante años como guía local para los primeros turistas que visitaban la zona. En la acogedora sala interior del albergue, el hogar ocupaba una cavidad redondeada en la pared de piedra.

También dimos una vuelta por Grand Canyon Village, un pequeño pueblo de servicios en el interior del Parque. Había allí acogedores lodges con interiores de madera y decoración pintoresca; en uno de ellos pudimos ver dos cabezas disecadas de alces con un tamaño más que respetable. También estaba allí Hopi House, un edificio de piedra y barro en estilo indio, con escaleras de madera y una tienda de recuerdos en su interior.




Con un último vistazo al Cañón y varios libros añadidos al equipaje, nos despedimos ya de aquel mítico paisaje. A las imágenes que nos sirvieron antes para imaginarlo se superponía ya la realidad de la visita en directo; con nosotros llevábamos las fotos que modelarían los recuerdos completando el ciclo.