viernes, 30 de diciembre de 2011

1.985 Marruecos (9): El dia más largo


Después de una noche de lluvia contínua, el viernes 3 de enero amaneció frío y húmedo. No daban ganas de pasear por Marrakech en aquéllas condiciones y todavía nos quedaban cosas por ver y un largo camino de vuelta, así que decidimos dejar la visita de la "ciudad rosa" para ocasión más propicia y llegar esa misma noche hasta Meknés. Dicho y hecho: recogimos la tienda empapada y emprendimos ruta sin más demora. Seguía lloviendo, y en los pueblos pequeños los comercios permanecían cerrados y las calles vacías.

Para visitar las cascadas de Ouzoud, a 150 kms. de Marrakech, nos desviamos hacia Azilal. El paisaje nos recordaba a otros de España: tierra roja de arcilla, piedras, tomateras, bajo un cielo gris oscuro. También olivos: Ouzoud, en bereber, significa precisamente "oliva".

Pronto llegamos al valle; el agua resbalaba por las laderas y pasaba por encima de la carretera para seguir cayendo monte abajo, roja de barro, o se embalsaba en auténticos estanques que había que vadear con cuidado.




Cerca de Tanaghmeil  encontramos un aparcamiento, con su correspondiente vigilante; aunque ese dia estábamos solos el lugar parecía ser bastante visitado. La vista de las cascadas era muy bonita: una caída de más de 100 metros en un par de grandes saltos, que parecía humear en el fondo por la nube de agua pulverizada; con las lluvias de estos días el agua se había teñido de rojo.

Bajamos hasta el cauce por el resbaladizo camino lleno de barro; el esfuerzo merecía la pena, porque desde abajo resultaban todavía más impresionantes. Algunos monos se movían entre la vegetación, pero no se acercaron.




De vuelta al coche, y pagada la correspondiente "propina" al guarda del aparcamiento, seguimos la carretera hacia Azilal; y a los pocos kilómetros tuvimos el primer incidente, con un autobús.

Ya habíamos venido observando que en Marruecos muchos autobuses no rodaban como en el resto del mundo. El primero que vimos nos pareció desde lejos extrañamente ancho, pero al irnos aproximando comprendimos la causa: lo que veíamos no era sólo la parte frontal del autobús, como sería lo normal al venir de frente, sino también parte del lateral: ¡marchaba totalmente oblícuo!, de forma que ocupaba su lado de la carretera y buena parte del contrario. Generalmente se podían esquivar sin grandes problemas, bastaba con apartarse de ellos todo lo posible en el momento del cruce pegándose al arcén.

Sin embargo esta vez no tuvimos tanta suerte. En un tramo especialmente estrecho apareció de frente uno de estos autobuses y, aunque frenamos, no pudimos evitar que se llevase por delante el espejo retrovisor y parte de la pintura del lateral. Paramos a un lado, se paró el autobús más allá, y de pronto nos vimos rodeados por todos los pasajeros del autobús que se habían apresurado a bajar para ver de cerca el espectáculo y gesticulaban excitados señalando el espejo colgante y los estropicios de la pintura... Es decir, no todos: precisamente el conductor era el único que permanecía en el autobús, intentando pasar desapercibido; ni a tiros quería bajarse y enfrentarse a papeleos ni cosa parecida porque, según las explicaciones de uno de los pasajeros, si la compañía de transportes se enteraba de aquéllo podría perder su trabajo.

Pasó un buen rato hasta que conseguimos convencerle y, aunque a regañadientes, pudimos rellenar los papeles del seguro. Con ésto se acabó el espectáculo y, muy contentos sin duda por todo lo que tendrían para contar a su llegada, se volvieron todos al autobús y nosotros al coche para continuar el viaje. Con un espejo de menos.

Anochecía ya cuando pasamos por el embalse de Bin - el Ouidane, con gran despliegue de vigilancia militar; una pena no haber llegado con más luz porque el paisaje era muy bonito. Bajo un auténtico diluvio cruzamos el puerto que nos separaba de Béni Mellal, y antes de alcanzar Khénifra nos encontramos con el segundo incidente del día: un camión acababa de volcar en la cuneta; se podían ver los chispazos de algún cable suelto y el gasoil se derramaba por una esquina.

A la luz de los faros pasamos otro rato tirando de la puerta de la cabina, que se había quedado atascada, para ayudar a salir a sus ocupantes; éstos nos miraban en silencio a través de los sucios cristales, con cara de susto, pero conseguimos sacarlos sin mayores problemas. Para entonces ya habían parado otros dos coches, y nosotros reanudamos la marcha.

Se iba haciendo tarde, pero Khénifra era una localidad de aspecto apagado y nada interesante, y tampoco parecía haber hoteles ni un camping donde quedarnos; no había otro remedio que llegar hasta Meknés. A todo ésto nos íbamos quedando sin combustible; así que paramos en el pueblo de Mrirt, cuya gasolinera, naturalmente, estaba cerrada... En un chiringuito cercano que, éste si, parecía estar abierto para toda la noche, cenamos unos pinchos mientras pensábamos qué hacer; el dueño, que había estado en España trabajando, terminó contándonos su vida y enseñándonos también su permiso de residencia. También nos enteramos de que el dueño de la gasolinera estaba en su casa pero que, "seguramente", volvería por allí en algún momento, ¡Inch Alá!..., así que no debíamos preocuparnos.

Bien, al final apareció el hombre, llenamos el depósito y seguimos la carretera más recta hasta Meknés, donde llegamos muertos de sueño y de cansancio. En el primer hotel que vimos nos metimos: un lugar siniestro llamado Hotel Moderne, 1*; y nos quedamos, a pesar del aspecto deprimente de la habitación y de una cama que parecía un mapa topográfico: todo duros montes y profundas hondonadas... Sí, efectivamente: era la habitación nº 13.