jueves, 8 de diciembre de 2011

1.985 Marruecos (6): Por el valle del Draa


Ya estábamos a 27 de diciembre. Antes de dejar Ouarzazate tocaba ir al banco para cambiar otro de los "travellers" de American Express y convertirlo en dirhams contantes, aunque poco sonantes pues casi todo eran billetes. Así que empleamos un rato en la transacción, mientras charlábamos con unos chavales portugueses a los que, curiosamente, habíamos conocido unos días antes en idénticas circunstancias.

No he hablado hasta ahora de ello, pero naturalmente fuimos encontrando y cambiando impresiones con otros viajeros. En el camping de Fez, nuestros ocasionales vecinos cordobeses nos preguntaron si no habíamos visto por el camino a otros compañeros suyos con un Nissan; al parecer los habían retenido en la frontera de Argelia por unos vídeos que habían filmado en aquel país, y no les habían permitido llevárselos ni tenían noticias suyas. En el de Meski coincidimos con un matrimonio de Gerona; llevaban un mes recorriendo Marruecos en un Diane 6, con sus dos hijos pequeños ¡éso sí que era una aventura...!; y volvimos a coincidir con ellos en Erfoud. Aquella misma mañana, un chico de Santander interesado en las kasbahs nos había estado contando sus descubrimientos.

Pero los más graciosos fueron los valencianos que el día anterior se habían acercado mientras montábamos la tienda, al escuchar que hablábamos en cristiano (aunque no fueran precisamente aleluyas lo que se nos venía a la boca mientras intentábamos que alguna piqueta se clavara en el duro terreno...); porque al día siguiente, cuando volvimos a coincidir en Zagora, eran ellos los que rajaban en hebreo contándonos cómo un perro se les había comido las morcillas que con tanto cuidado traían desde su casa...




Ya con dinero en el bolsillo, seguimos ruta hacia Zagora por el valle del rio Draa. La carretera de montaña era bonita, muy sinuosa y salpicada de kasbahs; viendo aquél paisaje nos preguntábamos si quien inventó la representación topográfica en los mapas a base de curvas de nivel no se habría dado antes una vueltecita por allí... Es una pena que la foto no sea muy allá; ninguna de las que voy incluyendo en este viaje lo es, pues se trata de viejas copias descoloridas o veladas por colores extraños que he podido recuperar gracias al escáner y al Photoshop, aunque la calidad gráfica sea mínima y su valor puramente de recuerdo. Pero creo que se podrá apreciar el porqué del comentario.


Como iba siendo tarde, decidimos pasar Zagora y Tamegroute y parar más allá para calentar una lata de fabada y poder comer tranquilamente en el "campo": un paisaje pedregoso que se extendía ante nuestra vista a ambos lados de la carretera y se elevaba más allá en montes igualmente pedregosos y pelados, con algún que otro matojo espinoso como único adorno y en donde no se veía un alma; en fín, que estábamos solos y en medio de la nada... o eso creíamos.

Porque aquí en Marruecos se dá un curioso fenómeno (el "efecto Lawrence de Arabia" lo voy a llamar, en recuerdo de aquella famosa escena de la película): te instalas en un paisaje aparentemente solitario y a los pocos minutos y sin que adivines cómo se ha enterado aparece en el horizonte un puntito que poco a poco va tomando forma humana a medida que se acerca y llega hasta donde estás para pedirte algo. Pues bien, eso mismo ocurrió ahora, aunque esta vez el joven pastor de cabras se quedó sentado sobre una piedra a cierta distancia observando atentamente pero en silencio cada uno de nuestros movimientos... y pareció quedar  muy contento con las galletas y mandarinas que le dimos antes de marcharnos.






Tamegroute era un poblado soñoliento de calles de arena entre casas de barro, con una universidad coránica y habitantes con fama de ser especialmente religiosos; quizás fuera ésa la razón de que no se viera ni una mujer por allí, tan sólo hombres sentados o recostados contra los muros, con largas chilabas y turbantes, y algunos niños jugando. Paseamos un rato y nos sorprendió no vernos acosados con las acostumbradas peticiones de "dirham, bombons o stilos" que habían sido el pan de cada día hasta entonces; es más, el único chaval que vimos venir corriendo detrás traía en la mano la tapa del objetivo de la cámara que, inadvertidamente, se me había caído antes.




El camping de Zagora estaba bastante lejos del pueblo pero cerca de esta curiosa montaña; en realidad se trataba de una huerta reinventada como camping, con su dromedario dentro de un cercado y todo; el "servicio" consistía en un cubículo con una letrina en medio y una cañería alta con un grifo en la pared. Más tarde, mientras me quitaba el polvo del día tomando una ducha allí dentro, ví aparecer la cabeza del dromedario por el ventanuco, atraído seguramente por el agua más que por afán de voyeurismo...

Atravesando un oued seco y unas huertas llenas de palmeras nos acercamos hasta el pueblo; anochecía ya, y cuando pensábamos que tendríamos que recorrerlo a oscuras (la Guía del Trotamundos de 1.982 avisaba de la ausencia de electricidad por aquí) empezaron a encenderse algunas farolas de reciente instalación. Así que tomamos unos cafés en una terraza, compramos pan en un horno, y nos fuimos volviendo para el camping; por el camino, iluminado solamente por la luz de una luna que asomaba entre nubes de tormenta, encontrábamos de vez en cuando alguna figura silenciosa sentada a un lado.

Es posible que ahora no sea una buena idea caminar por aquellos rincones solitarios en medio de la noche, más aún con la frontera de Argelia tan cercana; ni probablemente por muchos otros que visitamos durante aquel viaje. Pero entonces Marruecos era un país razonablemente seguro, donde un poco de sentido común parecía ser suficiente para no meterse en dificultades; y en el Sur, escaso de servicios e infraestructuras, todavía sin "descubrir" por el turismo de masas, la gente era bastante amable y desinteresada, lejos de la actitud de acoso de los "guías" de Fez e incluso de muchas zonas más visitadas del Atlas.

Con el paso de los años esta actitud relajada ha ido desapareciendo, contaminada por intereses del negocio turístico tanto como por actitudes equivocadas de los propios turistas. Es una pena, pero todos los lugares interesantes o especiales que van siendo "descubiertos" de esta manera parecen llevar el mismo camino. Quizás lo mejor sea no publicitarlos...